lunes, 20 de diciembre de 2010

Tita Merello, el decir dolido

b]Actriz y cantante
5b415a0a74765006f122f979f487f751(11 de octubre de 1904 - 24 de diciembre de 2002)
Nombre completo: Laura Ana Merelli




Tita Merello no necesitó crear un personaje. En sus más de setenta años de trayectoria artística, simplemente recurrió a expresar los matices de su propia vida, entregando al público lo peculiar de su personalidad.


No tuvo maestros. Tuvo abandono temprano, calle y tristeza, donde forjó la prepotencia que la caracterizó toda su vida, fiel reflejo de los papeles que le tocó interpretar en el teatro y en el cine.


Un ejemplo de esto, es aquella memorable escena, una de las mejores de todo el cine argentino, de la película "Los isleros". En ella personifica a "La Carancha" (ave nocturna que ataca y devora a los animales más pequeños), mujer agresiva que forma pareja con un hombre tranquilo, un campesino manso. En la escena ella ataca verbalmente a su hombre y este resiste, hasta que lo llama "toruno" (buey o toro castrado), entonces el hombre reacciona y le pega rebencazos hasta amansarla, para finalmente poseerla físicamente.



No nació para cantar. De joven decía con humor tangos reos. Más adelante, a medida que su repertorio se fue ampliando, al intentar sostener las notas, desafinaba. Pero tenía ángel y era aceptada por su público, tanto es así, que de varios temas realizó creaciones inolvidables y de tal magnitud, que ninguna otra cantante se atrevió a incluirlos en su repertorio sin salir mal parada.


El tango Arrabalera -del film del mismo título, basado en la obra teatral de Samuel Eichelbaum, "Un tal Servando Gómez"-, "El choclo", "Se dice de mí", "Pipistrela" y "La milonga y yo", que fuera creada especialmente para ella por el autor y compositor Leopoldo Díaz Vélez, también para una película, son emblemas de su repertorio.



Bajita, morocha, de bellas piernas, labios gruesos y sensuales, y ese gesto de mirada insinuante y provocadora, de quien todo lo sabe y todo lo ofrece. Esa era ella y su personaje. Y así fue. Buscó todo con rabia, exultante, consiguió muchas cosas pero también perdió.


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link: http://www.youtube.com/watch?v=mfBW66KSSVQ

Fue registrada como Laura Ana Merello, nacida en la calle Defensa 715, el 11 de octubre de 1904. Hija de Santiago Merello de profesión cochero. Extrañamente no figura en su partida el nombre de su madre. Cuatro años más tarde una muchacha uruguaya llamada Ana Gianelli o Ganelli, se reconoce como su madre en la misma partida de nacimiento. Su padre ya había fallecido con sólo 30 años de edad.


«Yo conocí el hambre. Yo se lo que es el miedo y la vergüenza», con estas frases comenzó el relato de los duros momentos vividos en el asilo donde pasó sus primeros años.

«Mi infancia fue breve. La infancia del pobre es más breve que la del rico. Era triste, pobre y fea». Ya más grande, declaró sin pudor, "haber hecho la calle".


Y acto seguido confiesa que ya siendo reconocida en el ambiente artístico, un periodista famoso, al saludarla y tomar su mano, luego de observarla procazmente con intenciones "non santas", le dijo: «Usted en otra vida debió haber sido cortesana.» Y ella contestó: «¿Y ahora qué soy?»


Llega al escenario al enterarse que se necesitaban coristas en un teatro cercano el puerto, de esos característicos que vemos en las películas, frecuentado por marineros y gente del bajo fondo.

Un periodista de la época lo describe como un teatrillo de mala muerte, casi pornográfico, de nombre "Ba ta clán", a partir de entonces, a las coristas se las llamó "bataclanas", y este término se convirtió en sinónimo de "mujer alegre".

Tiempo más tarde pasó a ser una "vedette" y la bautizaron "La vedette rea". En esta condición estrena la obra "Leguisamo solo", creada por el director musical de la compañía, un italiano acriollado amante del turf, Modesto Papavero, y resulta un notable éxito.







link: http://www.youtube.com/watch?v=hl6yVxlymRM


Un famoso crítico teatral que la conoció antes de los años '30 dijo de ella: «Es una de las actrices más temperamentales, más fogosas y de carácter más fuerte de la escena nacional, a la par que es muy picara, muy rápida para las réplicas, muy inteligente, e interpreta los tangos como actriz. Cada tango es un pequeña obrita de teatro.»


Comenzó en el cine con el cine mismo. Aparece en la primera película sonora argentina reconocida como tal, "Tango", del año 1933. Otras posteriores apariciones suyas fueron de "segunda damita joven", pero de personalidad opuesta a la primera actriz que hacía el papel de "cándida" y con quien, en definitiva, se quedaba el galán, todo en un marco de comedia.


Pero cuando en 1937 filma "La fuga" se revela como actriz dramática, desconcertando a productores y directores, por su naturalidad, su expresión y su desenvoltura.


Otras películas importantes de su trayectoria en el cine, que la consagran en forma definitiva, fueron: "Morir en su ley", "Filomena Marturano" (del actor y dramaturgo italiano Eduardo De Filippo), "Los isleros", "Arrabalera", "Pasó en mi barrio", "Guacho", "Para vestir santos", "Amorina" y muchas más hasta superar las cuarenta.


Con el tiempo y en pleno desarrollo de sus éxitos actorales es requerida por el teatro, la televisión y por la radio, medio, este último, en el que continuó hasta su vejez. Ya era "Tita de Buenos Aires".


Como cancionista llegó al disco en el año 1927, para el sello Odeón, con dos temas: "Te acordás reo" (de Emilio Fresedo) y "Volvé mi negra" (de José María Rizutti y letra de Fernando Diez Gómez). En el año 1929 pasa a la Victor donde graba 20 temas, destacándose "Tata ievame p'al centro", "Che pepinito" y "Te has comprado un automóvil".


Luego de un largo paréntesis vuelve a los estudios de grabación, en el año 1954, de la mano de Francisco Canaro, siendo esta su época consagratoria. Allí surgen discos inolvidables como "El choclo", "Se dice de mí", "Arrabalera", "Niño bien", "Pipistrela" y "Llamarada pasional", este último dedicado a Luis Sandrini y del cual es autora. En las décadas del sesenta y del setenta graba más de cuarenta temas, con las orquestas de Carlos Figari y Héctor Varela.


Todo lo hizo con ímpetu arrollador. Fue mujer de muchos hombres, pero siempre reconoció un solo amor, el del actor Luis Sandrini (fallecido en 1980), con el que vivió alrededor de una década y quien luego la abandonara por una actriz más joven, Malvina Pastorino (fallecida en 1994).


«Mi mejor personaje es el mío. Una actriz dramática se llora a si misma cuando interpreta un personaje teatral.»

Obtuvo premios como actriz, pero lo más importante fue el reconocimiento del público, que la consagró como un símbolo de la mujer del tango y de Buenos Aires.







link: http://www.youtube.com/watch?v=UH1x93rRXWg





Con el tiempo y los peronistas en el gobierno ella se encargará de rectificar sus despojos de identidad. Y cambiar el Merelli paterno por Merello, como bien se la conoce. Se crió en un asilo, y allí conoció el hambre y el miedo.

"Yo se lo que es la vergüenza y el miedo. Cuando estaba en el asilo, una noche me desperté con dolor de barriga, y vi con horror que mi bombachita estaba manchada de caca. Siento todavía el frío del piso debajo de mis pies yendo al baño, y mis manos debajo del agua helada, para lavarla y volver a mi cuarto sin que nadie me escuchara ni me viera, además era la única bombacha que tenia"






link: http://www.youtube.com/watch?v=KMiGOEwKSZM








En 1924, ya era una figura destacada en el teatro Maipo, integrando la compañía de Roberto Gayol, en los programas se la anunciaba como "La vedette rea".


Allí cultiva un tango de contenido humorístico, parecido al que hacía Sofía Bozán, pero con una modalidad interpretativa que se alineaba en la intencionada picardía de los cuplés y en la gracia de las tonadilleras españolas que tuvieron su apogeo en el Río de la Plata, entre 1900 y 1920.


En su estilo se recogían los elementos propios del sainete, donde se alternaba el recitado y el canto. Su versión de "Se dice de mí", su grabación más famosa y una especie de autorretrato, son el ejemplo más representativo y definen la modalidad de un repertorio, que ella siempre mantuvo, entre los límites de lo cómico y lo grotesco.


Cantando tangos, Tita Merello descubre una verdad que después explotaría en su extensa y exitosa carrera de actriz; "la gente siente las cosas de la piel para adentro", manifestó en más de una oportunidad. Ella tenía el lenguaje que le había dado la calle y perfeccionó, arriba del escenario, haciendo los sainetes.
El tango, fue su compañero de toda la vida.


Este siempre le permitió expresar lo que sentía y en ocasiones lo cantó sensible, amable, valiente y rebelde como en el caso de "Arrabalera": "Mi casa fue un corralón/ de arrabal, bien proletario/ papel de diario el pañal/ del cajón en que me crié./ Para mostrar mi blasón,/ pedigré bastante sano,/ soy Felicia Roberano,/ mucho gusto, no hay de qué." Era otra de las maneras de crear su estilo.


El escritor argentino Horacio Salas, en su libro, "El Tango", la define así: "Tita Merello asumió desde el humor la representación de los sectores marginales, que nacidos en la más extrema pobreza arribaron al centro con el objeto de sobrevivir en el mundo del tango. Algunas de las letras de su repertorio son recuerdos de la picaresca de los primeros años y representan, en la misma asunción de su origen, una burla a la tilinguería del medio pelo porteño abocado a ocultar el ámbito en que transcurren los años de la infancia y las dificultades económicas sufridas hasta que llega el momento del éxito".


La actriz

Tita Merello siempre quiso hacer teatro y la oportunidad se la brindó el actor y cómico argentino Luis Arata en 1936. Un año después iría, por primera vez, a Montevideo para hacer "Santa María del Buen Ayre". Nadie la conocía, nadie le tenía confianza. Al terminar la función, la noche del estreno, el autor, Enrique Larreta, le preguntó en los camarines, de dónde había sacado la emoción de esa noche, con la ironía, que ya formaba parte de su personalidad le respondió: "De las letras de los tangos, doctor Larreta".


Diez años después, le diría al escritor, periodista y hombre de radio argentino Héctor Bates: "Voy a ser la gran actriz de Buenos Aires. No sé cuándo, no interesa, pero lo seré y no creo que esto sea una insolencia ni una pretensión. No sé si será cuando tenga cuarenta y cinco años, pero de que lo seré, estoy convencida". Justamente a los cuarenta y cinco años, en 1949, se había convertido en la actriz que había soñado. Su papel de Filomena Marturano, lo representaría quinientas veces.


Las otras películas, en las que demostró su gran talento dramático, fueron: "Los evadidos", "Para vestir santos", "Mercado del Abasto", "Pasó en mi barrio", "Arrabalera", "Guacho". Fue, sin duda, la Ana Magnani del cine argentino, pero no una Ana Magnani en miniatura, sino entera y cabal. Pequeño era su mercado comparado con el de la artista italiana, pero igual en su genio y carisma.


Al producirse el golpe de Estado que derribó a Perón, en setiembre de 1955, Tita Merello, que se había constituido en figura descollante del cine argentino, fue definitivamente raleada. La discriminaron y la prohibieron. Le levantaron la censura a Libertad Lamarque y comenzó la de ella.


Viajó a México, en 1957, para ganarse el pan, nuevos lauros y olvidar otro dolor mucho más hondo. Luis Sandrini, el gran amor de su vida, desde que se conocieron durante la filmación de la película "Tango", en 1933, decide dejarla en soledad y casarse con la joven actriz Malvina Pastorino.


Volvería unos años después a Argentina, donde nuevamente se subiría a los escenarios, volvería a filmar, actuaría en radio y televisión, esas serían las ventanas abiertas al cariño de un público que la admiraba y adoraba como a pocas.


El historiador y presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, José Gobello, la define en forma rotunda: "Con barro de frustraciones y fuego de triunfos, fue modelada esta mujer admirable, este ídolo que vaya a saber de qué están hechos sus pies, porque todo el oro lo reservó para su corazón."


En los últimos diez años (muere en 2002) estuvo internada y cuidada en la Fundación Favaloro. Dicen que cuando se sentaba a tomar el fresco en la puerta de la Fundación Favaloro los colectiveros la saludaban haciendo sonar sus bocinas: el saludo más espontáneo y lógico para una mujer del pueblo hasta sus últimas consecuencias. A su pedido, el dinero que podría haberse destinado a flores para su funeral será entregado a la institución que la cobijó a lo largo de la etapa final.





Toda una mujer
x Álvaro Loureiro

Es cierto que a lo largo de sus 98 conscientes años hubo quienes compararon la intención y el desenfado de Tita Merello con similares atributos de Edith Piaf, mientras los especialistas en analizar temperamentos dramáticos no dejaban de referirse a la Magnani o a Bette Davis, sin olvidar al que, aquilatando el atractivo de las piernas y la carga sensual de la mirada, la asociara a la también legendaria Marlene Dietrich. El mérito de Tita, sin embargo, era, antes que todo eso, el haber sido la creadora de una imagen propia, nacida de la fibra personal de eterna sobreviviente y destinada a ser reproducida y destacada en los escenarios, el cine, la radio, los discos y la televisión.


Nadie sabe empero cómo fueron en detalle los primeros difíciles, muy difíciles tiempos de la muchachita pobre que aprendiera a leer después de cumplir 20 años, cuando comenzaba a brillar en la revista. Atrás quedaban la niñez en el medio rural -hay hasta quien sostiene que Tita vio la luz en San Ramón, Uruguay- haciendo tareas de boyerito, en medio de una orfandad que le hizo conocer las paredes de un asilo. El traslado a Buenos Aires no apuntó en principio a la esquina de Corrientes y Esmeralda sino a los adoquines del bajo, recorriendo oficios, de sirvientita a copera en la milonga y ainda mais, como deja traslucir en el libro semiautobiográfico La calle y yo.


¿Qué mejor título podrían tener las memorias de esta mina cuyo temprano atrevimiento la impulsara a plantarse delante de cualquiera, abrir los ojos, fruncir el labio superior, mostrar las piernas y decir el verso con la ironía y el tono cachador de una intérprete de primera línea? El arte entonces la transformó y le abrió caminos. El pasado fue su escuela y se reflejó en cada una de sus actuaciones. Ojos, boca y voz. Más atrás venían un cuerpo bien torneado, la melena lacia y la carga provocativa que se escapaba por los poros. No era hermosa a primera vista, pero en un par de minutos se convertía en irresistible imán.


Los primeros éxitos fueron en el viejo Bataclán y luego en el Maipo, animando cuadros tangueros en espectáculos de revista. A nadie se le ocurriría no obstante pensar, en plena década del 20 bonaerense, que esa misma Tita conquistaría, años después, el teatro "serio" para brillar no sólo en títulos como El conventillo de la Paloma, una obra un poco a su imagen y semejanza, sino además en vehículos realmente dramáticos como los que ofrecían La tigra de Florencio Sánchez, Filomena Marturano de Eduardo de Filippo o el intenso retrato de mujer abandonada que afloraba en Amorina, de Eduardo Borrás. Para llegar allí, le sirvieron el cine en donde pasó de tanguera protestona a gran figura y los discos de pasta que la radio difundía a toda hora.


La mayor parte de los temas que cantaba o decía -mejor ambos términos- habían sido escritos para Tita, o Tita se adueñaba de ellos. Tal lo que sucediera con "Arrabalera", en cuya letra dejaba bien claro cuán orgullosa se sentía de serlo, la infaltable "Se dice de mí", toda una invitación para que se la viera en camisón, la graciosa "Pipistrella", una gloriosa versión de "El choclo", "Qué hacés, qué hacés" (pronúnciese "hashés" de modo de captar toda la carga de ironía), y "La milonga y yo", en donde la frase "vamos subiendo la cuesta" le serviría de leitmotiv para colorear inolvidables participaciones en los Sábados Circulares de Mancera.


En unos y otros, con o sin el apoyo de la batuta del maestro Francisco Canaro, no hubo como Tita para pronunciar términos como "niño bien", "pretencioso", "engrupido" y otros epítetos que subrayaban que con esa mina no se jugaba. Si el feminismo no había llegado al Río de la Plata desde afuera, Tita, desde adentro, lo inventaba y patentaba. Por vivencias y elección, la Merello era una mujer independiente. Sólo siendo independiente pudo sobrevivir cercada por la miseria, el analfabetismo y los golpes y caídas en el empedrado.
Esa misma mujer independiente no se sintió más tarde disminuida al decidir dejar su carrera en un segundo plano para seguir a su amado Luis Sandrini a México o a donde fuese.


Esa especie de silencio voluntario y feliz se prolongó por casi toda la década del 40 hasta el momento en que Sandrini volviese la mirada en dirección de Malvina Pastorino. El fin de la relación no significó en absoluto el olvido para Tita por parte de quien siempre llamó el gran amor de su vida. Había habido y hubo igual otros hombres -un juvenil Tito Alonso que encarnaba a su hijo en Arrabalera la acompañó durante un tiempo-, sin desprenderse ella, por cierto, del recuerdo de aquel sentimiento que, años más tarde, la impulsaría a escribir el tema "Llamarada pasional". En el plano personal y profesional, de todas maneras, Tita se imponía el silencio y rehuía reencuentros y comentarios.


Si bien se la conocía por manifestaciones como "no soy rencorosa, pero jamás olvido a los que me golpearon, despreciaron o insultaron", las contradicciones inesperadas formaban también parte de su marca de fábrica. O quizás no, ya que, católica practicante a su manera, faltaba más, Tita se las arreglaba para bajar la guardia y permitir aflorar una generosidad pronta a apoyar innumerables obras de caridad o a solidarizarse con colegas en dificultad. En las buenas, las muy buenas y las malas, Hugo del Carril, por ejemplo, fue uno de los grandes que se le acercó y la apoyó y ella hizo otro tanto.


La Merello había bailado tangos y milongas con Tito Lusiardo, podía mostrar las uñas y sacarse chispas con Olinda Bozán en la pantalla o sobre un escenario y aceptar con entusiasmo y sabiduría papeles de mujer mayor, como lo hiciera en Los isleros y Pasó en mi barrio, obteniendo lauros de todas las tiendas. El marco peronista parecía entonces el ideal para promover el ascenso de una figura proveniente de las clases bajas que no se molestaba en ocultarlo y era capaz de enarbolarlo por dentro y por fuera de sus personajes.


Por mérito propio, la Merello fue una gran estrella en la época de Perón y, pasado el ostracismo con el cual se intentó rodearla después de la caída del líder, no hubo tantos obstáculos a la hora de reverdercer los laureles. Para recuperar posiciones, supo utilizar las armas de mujer independiente mediante las cuales se abriera camino desde niña. Es que no resultaba tarea sencilla identificar a Tita con un grupo determinado.


Más fácil, en cambio, se volvía descubrirla cerca de la gente anónima que se acercaba para pedirle ayuda o consejo. El consultorio sentimental -y existencial- de la Merello no sólo accedía a las páginas de una de las revistas de mayor venta. Más de uno se le presentaba en el estudio o en el teatro para contarle sus problemas. A las mujeres, por lo pronto, se las metía en el bolsillo cuando, entre el tango de rigor y las réplicas a Mancera, miraba a ese lente que tan bien conocía -"¡Ché, no me vayás a enfocar el bandoneón!", le lanzaba al camarógrafo señalándose el cuello y el mentón- sin dejar nunca de dirigirse a las "señoras" que la miraban y, sin duda, admiraban su sinceridad, porque sabían que, llegado el caso, se hallaban ante alguien que, con o sin razón, nunca se callaba y era capaz de poner a raya a cualquiera, desde la reina de Inglaterra para abajo.
Tita Merello se había convertido en una señora capaz de lucir un modelo con elegancia natural y, al rato, irrumpir en el estreno de un compañero sin maquillaje y de pañuelo a la cabeza.


Es probable que no haya nacido en San Ramón, por más que quería tanto a Montevideo como para mantener un apartamento en Pocitos al que se venía a descansar junto al inseparable Corbata. Los últimos años se le hicieron un poco largos en la soledad -o independencia- elegida. Es que, a lo mejor, de a ratos, Tita se olvidaba de que estaba bien acompañada por una legión de hombres y mujeres a los que emocionó, divirtió y hasta enseñó. Como no podía ser de otra manera, se fue el día de Nochebuena. (Diario La Répública, ROU)



Se dice de mí

Merello nunca renegó de su origen ni de su pasado y en un reportaje reconoció haber "hecho la calle". Hasta los 20 años fue analfabeta y fue un amante "culto" quien le enseñó a leer.


Su gran amor, fue Luis Sandrini, el hombre que la marcó eternamente y con quien compartió diez años de su vida hasta que la dejó repentinamente después de un viaje, sin explicación alguna. A ese amor, que fue público, se comenta que le escribió el tango, "Llamarada pasional", canción que tuvo un gran éxito. Cuentan sus allegados que en su casa había una silla vacía, la que usaba Sandrini y que nadie volvió a utilizarla después de él.


En 1992, la conductora televisiva Susana Giménez juntó a la veterana actriz y cantante (tenía 88 años) con la esposa de Sandrini, Malvina Pastorino. Ambas actrices aceptaron juntarse con la condición de no hablar del actor. Sin embargo en un momento del programa Merello dijo "el que te dije debe estar contento: acá estamos las dos, ella (por Pastorino) fue su mujer y yo, tal vez, haya sido su amor".


Aunque nunca fue una militante, simpatizaba con el peronismo, la fuerza popular que dominó la historia política argentina y que la legitimó socialmente. Con la caída del gobierno de Juan Domingo Perón, Tita ya no tuvo el mismo trabajo, le fueron negadas muchas posibilidades e incluso llegó a ser atacada a la salida de una radio por grupos que apoyaban al golpe militar del 55, que derrocó a Perón. Así es como fue proscripta. Para poder mantenerse trabajó recorriendo el interior del país y en parques de diversiones y circos. Luego decidió viajar a México, desde donde retornó hacia la Argentina, en 1957.


Retomó su trabajo, sorprendiendo al público con su participación en la televisión. Tita también figura entre los grandes nombres de la radio argentina: participó en ciclos con una gran repercusión, como "Mademoiselle Elise", con libro de Luis Mario Moretti y "Gorriona", con textos de Roberto Gil. Es en ese mismo medio, en la década del 70 donde emite su famosa muletilla: "Hacete el papanicolao" (examen ginecológico femenino que detecta enfermedades como el cáncer). Con el paso de los años y para ocultar su decadencia física la radio fue el medio en el cual se recluyó. En la radio trabajó hasta después de los noventa años en espacios semanales donde se convirtió en una especie de conciencia moral de los argentinos, dando mensajes de cuño cristiano.





fontes
http://literaturarioplatense.blogspot.com/2010/01/tita-merello-uno-de-los-grandes-mitos.html
http://tango.idoneos.com/index.php/Biografias/Tita_Merello
http://www.clubdetango.com.ar/articulos/tita_merello.htm

Ambrose Bierce, el amargo


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Ambrose Gwinnet Bierce (24 de junio de 1842 - ¿1914 ?) fue un escritor , periodista y editorialista estadounidense . Su estilo lúcido, vehemente y vitriólico (hoy diríamos: con mala leche) le ha permitido conservar la popularidad un siglo después de su muerte, mientras que muchos de sus contemporáneos han pasado al olvido.

Ese mismo estilo cáustico hizo que un crítico le apodara "El amargo Bierce" (Bitter Bierce). Es uno de los representantes más genuinos del pensamiento pesimista estadounidense en las letras -junto con Hawthorne, Poe, Melville e incluso Mark Twain- contrapuesto al optimismo de un Emerson o al vitalismo de Whitman, por ejemplo. Relegado al rango de escritor de segunda categoría, Bierce ha padecido omisiones injustas, como así también reivindicaciones exageradas.





Nació el 24 de junio de 1842 en Horse Cave Creek, Meigs Country, Ohio, Estados Unidos de Norteamérica, en un hogar de agricultores pobres y estrictamente calvinistas. Fue el décimo de trece hijos. Su padre, Marcus Aurelius Bierce, amigo de la repetición, les puso a todos sus hij@s nombres comenzados con la letra "A": Abigail, Amelia, Ann Maria, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Ambrose, Arthur, y las gemelas Aurelia y Adelia —los tres últimos murieron en la infancia—. De todos ellos, Ambrose sólo mantuvo buenas relaciones con su hermano Albert. De su padre, Bierce dirá: Mi padre era un pobre campesino que no pudo darme una educación formal, pero me dio libros, y gracias a ellos y a él, que me los puso a alcance de mi mano, debo todo lo que soy ahora.


Su madre, Laura Sherwood Bierce, fue quien tuvo que dirigir y gobernar la casa. Eran una familia campesina, sin embargo a su esposo no le gustaban esas tareas. El, de carácter apocado, prefería dedicarse a la lectura antes que salir a cosechar en el campo; mal pudo hacer algo para que su familia no viviera agobiada por la precariedad. Pese a esto, gastaba el poco dinero que tenía en llenar su biblioteca de autores clásicos. A los diez años, Ambrose Bierce había leído la traducción de Homero al inglés de Pope y años más tarde reconocería que debía a los libros de su padre sus ambiciones literarias. Asimismo, la atmósfera de la casa de los Bierce parece haber sido un magnífico estímulo para que germinara, en Ambrose, el odio por todos los suyos

Su familia se traslada en 1846 al norte de Indiana. Con el consentimiento de los padres —sólo tenía 9 años— , se va a la casa de un imprentero, en donde trabajó varios años. Allí se editaba el periódico local The Northern Indiana, defensor de la abolición de la esclavitud.

A los diecisiete años, luego de un escándalo amoroso con una señora de setenta años, tuvo que alejarse de Warsaw, el dueño del diario. Aconsejada por un tío paterno, Lucius Verus Bierce, su familia lo manda al Kentucky Military Institute por espacio de un año.

Regresa a Indiana y trabaja primero en la granja de sus padres. Luego, como albañil y después de camarero y mozo de un salón de marinos. Cuando estalla de la Guerra de Secesión, se alista como voluntario en el bando unionista del norte. Interviene en varias contiendas importantes: en la batalla de Shiloh se inspiraría para escribir una de sus más famosas historias de soldados, An Ocurrence at Owl Creek Bridge— , la batalla de Chickamauga, en la que resultó vencido el ejercito unionista, fue fuente de inspiración para su historia del mismo nombre.

Su hermano Albert lo cuida, en febrero de 1964, ya que había sido herido en la cabeza en la batalla de Kenesday Mountain. Se reincorpora al ejército en septiembre. Pero aquella herida le producía desvanecimientos, por lo que tuvo que dejar su puesto en la infantería. La última batalla en la que participó fue la de Franklin, Tenessee, que recordaría años más tarde en su cuento The major’s Tale, de carácter autobiográfico.

Resigna su puesto militar en 10 de enero de 1865, aunque no fue licenciado hasta marzo o abril del mismo año. Para entonces el ejército unionista ya había ganado la guerra.

Ambrose Bierce consigue trabajo en Selma, Alabama, como administrador del algodón que se le confiscaba a los confederados vencidos. Allí empieza a conocer la brutalidad de los políticos, ya que los funcionarios se enriquecían con lo que confiscaban. Bierce se mantiene honesto en medio de la corrupción y renuncia al cargo. Se toma vacaciones en Nueva Orleans, desde donde parte a Panamá. Allí escribiría su primer cuaderno de notas ilustrado.

A su regreso, en septiembre de 1865, el general Hazen lo invita a participar como ingeniero topográfico en una expedición contra los indios Sioux. Deseoso de aventuras, Bierce acepta reincoporarse en la milicia. Es así como parte en julio de 1866 hacia Omaha, previa visita a sus padres. Siempre iba con su cuaderno de notas, en esta oportunidad lo publicará 10 años más tarde.

Abandona la expedición de Hazen en 4 de abril de 1867. Tal vez por intervención del general, Bierce es nombrado Mayor del ejército.

Atraído por la actividad cultural de San Francisco, decide quedarse allí y buscar trabajo. Consigue empleo en la casa de la moneda como sereno. Y de modo que este trabajo le dejaba mucho tiempo libre, empieza su carrera de escritor como autodidacta. El ambiente del San Francisco de postguerra ofrecía un círculo cultural bastante amplio: se encontraban allí Mark Twain, Bret Harte, Joaquin Miller y algunos otros.

Sus primeras obras fueron dos poemas olvidables que se publicaron en un periódico. Años más tarde él mismo declararía: "cuando tenía veinte años llegué a la conclusión de que no había nacido para poeta. Fue el momento más doloroso de mi vida".

Publica en prosa un ensayo sobre el sufragio de la mujer. Su estilo sigue el cariz satírico y de exagerado de Mark Twain y Bret Harte, mostrando la misma irreverencia por las instituciones y la sociedad de su tiempo.

Escribe en varias publicaciones de San Francisco, hasta que el 12 diciembre de 1868 fue nombrado redactor del Town Crier, en donde escribían los humoristas más famosos de la ciudad. Su papel era el de abogado del diablo, o sea quele venía divinamente. Antifeminismo, anticlericalismo, ataque a los funcionarios del estado y el sistema de educación fueron sus punto de mira.

Sus ataques llegan a ser tan virulentos que se le consideró "the wickedest man in San Francisco" (el hombre más perverso de San Francisco). A pesar de esto, Bierce se convirtió en celebridad y se lo invitaba a todas las reuniones sociales. Su personalidad era atrayente, tanto como su porte: alto, rubio, de ojos azules, siempre bien vestido.


En San Francisco se mezcla en la vida política local, aunque sin tomar partido por nadie, sino más bien irritando a todos. Traba amistad con Mark Twain, quien como él se dedica al ejercicio del periodismo ríspido.

Entre enero y junio de 1871, bajo el seudónimo de "Ursus" publica varios artículos, haciendo alusiones a Platón, Voltaire, Coleridge, Bacon, Novalis, Ruskin, lo que da una idea de lo que estaba leyendo.

Debido a su condición de asmático, Ambrose Bierce decide pasar unas vacaciones en San Rafael. Es en este sitio de veraneo donde conoce a Ellen Day, conocida con el nombre familiar de Mollie. Se casa con ella el 25 de diciembre de 1871. Por el momento, se quedan a vivir en esa ciudad. Sus suegros les regalan, poco tiempo después, un viaje a Londres. Publica su última nota el 9 de marzo de 1872 y parte para las islas.

Londres era por aquellos tiempos el sueño de todo escritor americano. Años más tarde, Bierce describiría su estancia en Londres como la época más feliz y fructífera de su vida. Admiraba, según sus propias palabras: un sistema en que la mayoría de puestos públicos, políticos y profesionales, civiles y militares, eclesiásticos y seculares, los ocupaban hombres educados —es decir, de facultades mentales desarrolladas y juicio disciplinado— no puede ser del todo erróneo.

Lo que fue un viaje de placer, pronto fue mudando propósito. Consigue trabajo en The Fun, y en el semanario Figaro. Enviaba también artículos al Alta California sobre los acontecimientos del momento en Inglaterra y los lugares turísticos que visitaba.

Entre julio de 1872 y marzo de 1873 publica una serie de scketches periodísticos. A finales de julio de 1872, Hoten, un editor a quien Mark Twain había calificado de "pirata", sugiere la publicación formal de la obra de Bierce. Ese mismo año otra editorial publica su 2º libro, y el 3º un año después. Bierce posteriormente despreció estos tres primeros libros y no quiso que se volvieran a publicar. Había en ellos errores gramaticales y de estilo.

Fue en Londres donde se difundió el apodo por el cual más tarde se lo conocería en todo el mundo: Bitter Bierce ("Bierce, el amargo" ó "El amargo Bierce".

La niebla de Londres no le sentaba muy bien a su asma por lo que decide junto a su esposa, mudarse a Bristol, donde el clima de campo le era más beneficioso. Allí nace su primer hijo, Day, en diciembre de 1872. En la primavera de 1874 se muda, luego de haber pasado por unas cuantas ciudades, a Leamington, Warwickshire. Allí nace su hijo Leigh, el 29 de abril de 1874.

El 22 de abril de 1875 su esposa decide volver a América con sus hijos. Bierce, ignorando que se hallaba embarazada, esperaba que volvieran unos meses más adelante. Se instala en Londres en forma provisoria. Al advertir que su familia no volvía, regresó a Estados Unidos el 25 de septiembre de 1875. El 30 de octubre nace su hija Helen. Bierce se encontraba ahora con tres hijos y sin trabajo...

El 25 de marzo de 1877 inicia su columna en la revista Argonaut. En junio de este mismo año, Bierce publicó con sus colaboradores William H. Rulofson, fotógrafo, y T. A. Harcourt el libro The Dance of Death. Este libro causó fascinación. Se vendieron 18.000 ejemplares.

En mayo de 1878 muere su madre. Su padre había muerto ya en febrero de 1876. Según varios biógrafos, pasa momentos de depresión que sirven para templar, aún más, su espírutu.

A finales de 1879, con sus sarcásticos comentarios en el Argonaut, su fama e ingenio daban al periódico la mayor distribución del oeste. A pesar de esto, en 1880 se traslada a Rockerville para administrar un yacimiento de oro. Según investigaciones de sus biógrafos, dice que Bierce fue el mejor administrador y minero que tuvo esa compañía.

En enero de 1881 vuelve con su familia a instalarse en San Francisco, pero no consiguió reanudar su trabajo en Argonaut. Comienza a trabajar en otro semanario, en donde continúa con la columna que lo viene haciaendo famoso. Empieza una nueva sección compuesta por ácidos epigramas y aforismos e inicia The Devil Dictionary (El deccionario del Diablo), idea sobre la cual viene trabajando.

Ambrose Bierce se queda nuevamente sin trabajo. A partir de 1887, la vida de Bierce sigue una cadena de desastres personales y triunfos literarios. Entre los desastres, cabe destacar su mala salud, la separación de su esposa y la muerte de su hijo Day.

En 1888 descubre las cartas que un pretendiente danés le envía a Mollie, su esposa. Esto fue suficiente para que Bierce abandonara el hogar sin más explicación que la que dio años más tarde: No me ha gustado nunca competir, ni siquiera por el favor de una mujer.

Su hijo Day muere en un duelo en julio de 1899. Ambrose Bierce llevó el cuerpo hasta Santa Helena para su funeral . El impacto de la muerte y de su propia soledad parecen haber activado su capacidad creadora. De esta época son varios de sus cuentos mejor logrados, con los que debía alcanzar la verdadera fama literaria.

Durante esta época se le presenta el contacto más importante en su carrera periodística. Hearst, el rey de la prensa, que había comprado The San Francisco Examiner, llama a Bierce para ofrecerle la incorporación a su planta. Trabaja también para el New York Journal, en ambos con columnas de opinión y diseccionamiento, ganando amigos por todas partes . Vuelve de N. York a vivir a San Francisco.

Al tiempo que prosperaba su carrera periodística, aumentaba su producción literaria. En 1890 publica un volumen de relatos titulado Tales of soldiers an civilians (Cuentos de soldados y civiles), aparecieron simultáneamente la edición norteamericana y la inglesa. El libro tuvo una muy buena recepción en ambos países.

Trabaja escribiendo un libro por entregas, con mal final pq la editorial quebró y Bierce no vio un dólar. La siguiente publicación, la de Can such things be? (1892) fue también un fracaso económico. El título está basado en un pasaje de Macbeth citado años antes en Nuggets and dust: "Can such things be / and overcome us like a summer’s cloud / without our special wonder?"

Luego de una nueva edición en 1898, revisada y ampliada, de In the midst of life con la que obtuvo algún rédito, su hijo Leigh le consigue un contrato para publicar Fantastic fables (Fábulas fantásticas) (1899).

En 1899 Bierce dejó San Francisco para irse a vivir al este, donde pasó los últimos trece años de su vida. En 1900 se casó Leigh. Como su padre, también sufría de los bronquios y muere de una pulmonía en Nueva York, al año de su casamiento. Su hija Helen, que había venido de Los Ángeles, se contagió el tifus y tuvo que ser hospitalizada durante ocho semanas. Durante este tiempo a Bierce se le acentuaron los problemas de asma, que se acrecentaron con la muerte de Mollie.

Su estado de salud era precario, pero seguía escribiendo literatura y para periódicos. Luego se pelea con Hearst y renuncia; aunque siguió trabajando en otro periódico también propiedad del magnate de la prensa. Pasaba largas horas jugando al billar en los clubs de caballeros.

Unos años antes, en 1906, Walter Neale le había sugerido la publicación de sus obras completas mediante suscripción. La idea de la suscripción no le interesaba mucho a Bierce, pero sí ver toda su obra reunida. Aceptó, y desde 1909 hasta 1912 trabajo incansablemente en sus escritos.

Terminadas sus Collected Works, Ambrose Bierce se despidió de la literatura. Recorrió los sitios en los que había luchado en la guerra civil y planeó irse a México a juntarse con Pancho Villa. De aquí en más todo lo que se sabe de él es por medio de documentos o cartas a familiares y amigos. Le cede, a su hija Helem, los derechos de su tumba en un cementerio de California, prueba de que pensaba ya no volver; como lo confirma una carta del 16 de agosto de 1913 en la que dice: Bah, debe ser horrible morir entre sábanas, y si Dios quiere a mí no me ocurrirá.

En una carta a Nelly Sicler dejó pruebas aún más significativas: Mi plan, si es que lo tengo, es el de ir por México a uno de los puertos del Pacífico, esto si consigo pasar sin que me lleven al paredón y me fusilen por americano. En otra carta se lee: Si ustedes escuchan decir que yo fui puesto en un muro de piedras mexicano y fusilado, sepan que yo considero esto como la mejor formar de abandonar la vida. Y hay otra referencia de Bierce, que dice: Être un gringo à Mexico — Ah, ça c’est l’euthanasie! (ser un gringo en México, ah! eso es la eutanasia).

A través de sus cartas se pueden seguir sus pasos hasta 1913. Salió de Washington el 2 de octubre de 1913. Visitó los sitios donde había luchado en la guerra civil. Llegó a Nueva Orleans, donde dice en una entrevista que había dejado de escribir y que se marchaba hacia Sudamérica. Pasa por San Antonio, y de allí a Laredo. De ahí a El Paso, para después entrar en Juárez, ciudad que Pancho Villa había tomado el 15 de noviembre. Acompañó al ejército de Villa a Chihuahua.

A la edad de 71 años, envía su última carta, fechada el 26 de diciembre, en donde dice que pensaba ir a Ojinaga al día siguiente. Esta ciudad fue sitiada durante diez días a partir del 1 de enero de 1914. Ojinaga fue capturada el 11 de enero, luego de una sangrienta batalla. Los cuerpos fueron quemados en grandes pilas para evitar el peligro del tifus. Puede ser que allí estuviera el de Ambrose Bierce, aunque también es posible que muriera en cualquier lugar debido al asma, por su edad o por cualquier otro incidente. Su muerte está cubierta por el manto de la incertidumbre. Un final inesperado, como en muchos de sus cuentos.

El gobierno de los Estados Unidos pide al gobierno de México un informe sobre Ambrose Bierce. Las investigaciones son confiadas a cierto mayor Gastón Pridu que muestra su fotografía a una gran cantidad de oficiales del destacamento del ejército de Villa bajo el mando de Ortega. Uno de entre ellos, el segundo capitán Salvador Ibarra, lo identifica. El recuerda haber acompañado a usted al destacamento de Ortega, cuando comienza el sitio de Ojinaga". Otros biógrafos dicen que el capitán Emir Holmdahl oyó decir que habían matado a "un gringo viejo" durante la batalla.

Su muerte ha hecho correr ríos de tinta. El escritor mexicano Carlos Fuentes en su "Gringo viejo" imagina sus últimos días, jugando con el mito, la verdad, la ficción, la certeza; Benjamín de Casares lo sentó en el Café Gambrinus, en México D.F. con unas copas de brandy; Miriam Storn pone en escena a un viejo camarada de Bierce y presenta un montón de detalles tan triviales como imaginarios; Thomas Burke ha sugerido una explicación sobrenatural a su misteriosa desaparición.

Hay quienes sostienen que estuvo en el bando de Pancho Villa, en cambio otros afirman que estuvo del lado de Carranza y que, cayendo prisionero de Villa, fue fusilado. Así como nunca sabremos la fecha exacta de su muerte, tampoco podremos conocer qué fue de su vida en México.












Algunas frases de Bierce


El coraje es una de las cualidades más conspicuas del hombre que está en seguridad.

En asuntos internacionales, la paz es un período de trampas entre dos luchas.

La política es la conducción de los asuntos públicos para el provecho de los particulares.

La pintura es el arte de proteger la superficie plana de los daños del clima para exponerla a los daños de la crítica.

Un inventor es una persona que idea una ingeniosa disposición de palancas, ruedas y mecanismos, y lo toma como civilización.

La cortesía es la forma más aceptable de la hipocresía.

Planear: preocuparse por encontrar el mejor método para lograr un resultado accidental.

No robes: de esta manera no tendrás nunca suerte en los negocios. Haz trampas.

El futuro es ese periodo de tiempo en el que prosperan nuestros negocios, nuestros amigos son verdaderos y nuestra felicidad segura.

Un prejuicio es una opinión vaga sin modos visibles de soporte.

Matrimonio: Estado o condición de una comunidad que se compone de un señor, una concubina y dos esclavos, todo en solo dos personas.

El optimismo es la doctrina o creencia de que todo es hermoso, incluido lo feo, que todo es bueno, especialmente lo malo, que todo es correcto lo que es incorrecto.

La duda es la madre del descubrimiento.

Una persona aburrida es la que habla cuando deseas que te escuche.

Un cobarde es una persona en la que el instinto de conservación aun funciona con normalidad.

Todos son locos, pero el que analiza su locura es llamado filósofo.

El egoísta es una persona de gustos ruines, más interesada en sí misma que en mí.

Abstemio: Persona débil que cae en la tentación de negarse a sí misma un placer.

Autoevidente: evidente para uno mismo, pero no para los demás.

El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros.

El futuro es ese periodo de tiempo en el que prosperan nuestros negocios, nuestros amigos son verdaderos y nuestra felicidad segura.

El que se ve en una situación peligrosa piensa con las piernas.

En asuntos internacionales, la paz es un período de trampas entre dos luchas.

Hacer del juego un negocio no puede compararse con el negocio del juego.

La guerra es un método de desatar con los dientes un nudo político que no se puede deshacer con la lengua.






Diccionario del Diablo

Basilisco, s. Cocatriz. Especie de serpiente empollada en el huevo de un gallo. El basilisco tenía un mal ojo y su mirada era letal. Muchos infieles niegan la existencia de este ser, pero Semprello Aurator vio y tuvo en sus manos uno que había sido cegado por un rayo por haber fatalmente contemplado a una dama de alcurnia a quien Júpiter amaba. Más tarde Juno devolvió la vista al reptil y lo escondió en una cueva. Nada está tan bien atestiguado por los antiguos como la existencia del basilisco, pero los gallos han dejado de poner.






Obras de Ambrose Bierce publicadas en castellano.

(No se incluyen textos sueltos compilados en antologías)

[size=9]Bierce, Ambrose. Aceite de perro y otros cuentos. Tr Nicolás Suescún. Bogotá: El Ancora Ed., 1991.

—. Algunas casas encantadas. Tr Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid: Compañía Europea de Comunicación, Colección Biblioteca de El sol, 1992.

—.Cuentos de soldados. Tr José Bianco. Buenos Aires: CEDAL, Biblioteca Básica Universal, 1971.

—.Cuentos de soldados y civiles. Buenos Aires: Orión, Colección Pruebas de galera, 1975.

—.Cuentos de soldados y civiles. Tr Jorge Ruffinelli. Madrid: Círculo de Lectores, 1992.

—.Cuentos de soldados y civiles. Tr Jorge Ruffinelli. Barcelona: Edhasa, Colección Pocket / Edhasa, 1992.

—.Cuentos de soldados y civiles. Tr Jorge Ruffinelli. Barcelona: Editorial Labor, Colección Punto Omega, 1972.

—.Cuentos de soldados y civiles. Tr Jorge Ruffinelli. Madrid : Guadarrama, 1976.

—.Diccionario del diablo. Buenos Aires: Calicanto, Colección Biblioteca de Plinio, 1977.

—.Diccionario del Diablo. Tr Rodolfo Walsh. Buenos Aires: Editorial Calicanto, 1977.

—.Diccionario del diablo. Tr Rodolfo Wlash. Buenos Aires: Colihue, Colección Los Fileteados, 1993.

—.Diccionario del diablo. Tr Rodolfo Wlash. Buenos Aires: Leviatán, 1991.

—.El Diccionario del diablo. Tr Rodolfo Walsh. Madrid: Ediciones del Dragón, Colección Biblioteca del Dragón, 1986.

—.El diccionario del diablo. Tr Rodolfo Walsh. Madrid: M.E. Editores, 1997.

—.El diccionario del diablo. Tr Eduardo Stillman. Madrid: Valdemar, Colección Avatares, 1993.

—.El diccionario del diablo. Tr Eduardo Stilman. Madrid: Valdemar, Colección El Club Diógenes, 1996.

—.El clan de los parricidas. Tr Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid: Valdemar, Colección El Club Diógenes, 1994.

—.El club de los parricidas. Buenos Aires, Corregidor, 1974.

—.El club de los parricidas. Barcelona: Ediciones Forum, Colección Biblioteca del terror, 1985.

—.El desconocido y otros cuentos. Buenos Aires: Torres Agüero, Colección Cuentos, 1976.

—.El guardián del muerto. Tr José Bianco. Madrid: Compañía Europea de Comunicación e Información, Colección Biblioteca de El sol, 1992.

—.El humor de Ambrose Bierce. Tr Eduardo Paz Leston. Buenos Aires: Editorial Brújula, Colección Breviarios de Información Literaria, 1968.

—.El monje y la hija del verdugo. Tr Jacobo Rodríguez. Madrid: Valdemar, Colección El Club Diógenes. 1998.

—.El puente sobre el río del búho y otros relatos. Tr Enrique Campbell. Madrid: Edicomunicación, Colección Grandes autores de la literatura universal, 1995.

—.El puente sobre el río del búho y otros relatos. Tr Enrique Campbell. Madrid: Edicomunicación, Colección Fontana, 1995.

—.El puente sobre el río del búho. Tr José Bianco. Buenos Aires: Editorial Jorge Álvarez, 1968.

—.El reino de lo irreal. Tr Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid: Valdemar , Colección Tiempo cero, 1988.

—.Fábulas de fantasía. Esopo enmendado. Viejas historias remozadas.Tr Maite Lorés. Barcelona: Bosch Casa Editorial, Colección Erasmo, textos bilingües, 1980.

—.Fábulas fantásticas. Buenos Aires: Rodolfo Alonso, Colección Aventura, 1975.

—.Fábulas fantásticas. Tr Francisco Torres Oliver. Madrid: Ediciones Alfaguara, Colección Nostromo, 1977.

—.Fábulas fantásticas. Tr Enrique Campbell. Barcelona: Edicomunicación, Colección Fontana , 1998.

—.Humor amargo. Tr Ana Becciu. Buenos Aires: Rodolfo Alonso, Colección Aventura, 1975.

—.Los ojos de la pantera. Buenos Aires: R.E.I. Argentina, 1993.

—.Los ojos de la pantera. Tr Emilio Olcina Aya.Barcelona: Fontamara, 1984.

—.Los ojos de la pantera. Tr Emilio Olcina Aya. México D.F.: Fontamara, 1988.

—.Los ojos de la pantera. Tr José Bianco. Madrid: Compañía Europea de Comunicación e Información. Colección Biblioteca de El sol, 1991.

—.Los ojos de la pantera y otros relatos. Buenos Aires: La Página, 1993.

—.Relatos insólitos. Tr A. F. Leyva. Madrid: M. Miguel Castellote, 1973.

—.Un jinete por el cielo. Buenos Aires: R.E.I. Argentina, 1993.

—.Un jinete por el cielo. Buenos Aires: La Página, 1993.

—.Un vigilante junto al muerto y otros relatos de terror. Tr Rafael Lassaletta y Javier Sanchez García-Gutierrez. Madrid: Valdemar, Colección El Club Diógenes, 1996.

—.Un jinete por el cielo. Tr José Bianco. Madrid: Compañía Europea de Comunicación e Información, Colección Biblioteca de El sol, 1991.

—.Una habitante de Carcosa y otras historias de terror. Tr Rafael Lassaletta; Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid: Valdemar, Colección El Club Diógenes, 1994.

—.Una tumba sin fondo y otros relatos de horror. Buenos Aires: Ediciones Síntesis, 1980.

—.Visiones de la noche . Tr Javier Sánchez García-Gutiérrez. Madrid: Valdemar, 1987.

—y Danzinger, Gustav. El monje y la hija del verdugo. Tr Virginia Erhart. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1976.

—y Swift, Johnatan. Padres e hijos: Una humilde propuesta; El club de parricidas y un crimen más. Madrid: Calambur Editorial, 1991.
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http://www.analitica.com/bitblio/massimino/bierce.asp
[size=9]http://vida-gotica.metroblog.com/ambrose_bierce
http://www.renacerelectrico.com/pluma/ambrose.html
http://fcom.us.es/blogs/vazquezmedel/tag/ambrose-bierce/
http://www.avizora.com/publicaciones/biografias/textos/textos_b/0033_bierce_ambrose.htm
http://depielosmuertos.blogspot.com/2010/03/basilisco.html[/size]


Intensidad es una palabra clave para aproximarse al misterio vital de Sylvia Plath. Boston, 27 de Octubre de 1932 - Londres, 11 de Febrero de 1963


Un misterio que comienza en su infancia, acunada por el juego y el aprendizaje, los cuidados de sus austeros y responsables padre y madre, y por su carácter fantasioso, explosivo y de risa fácil. Ya de niña, Plath ama su libertad tanto como detesta la imposición de modelos que no le interesan. Siendo púber dará rienda suelta a su humor excéntrico y punzante, transformándose en la favorita de sus compañeros y compañeras de escuela.


Ya adolescente, obsesionada por cosas nimias que exacerban su temprano perfeccionismo, enfrentará las exigencias del Smith College blindándose en la simulación y en un sentido del humor lapidario. En cada etapa de su vida manifiesta la voraz capacidad para gozar de la vida que la caracterizó. Luce un estilo informal y también viste impecable la moda de los 50 para entrevistar a la escritora Elizabeth Bowen para la revista Mademoiselle, donde es redactora, o para recibir un premio literario de manos de la poeta Marianne Moore. Con férrea voluntad cumplirá los planes que elabora sobre su vocación: conseguir becas para estudiar y viajar por Europa, escribir libros de poesía (desde los 8 años envía poemas a revistas especializadas), ser profesora de literatura o directora de alguna revista. Luego añadirá ser poeta y madre a la vez.



Fue una morbosa amante de la perfección y una infatigable buscadora de la concentración poética. Acumuló becas, reconocimientos académicos y literarios, su nombre como poeta adquiere cierta trascendencia y en los círculos literarios que frecuenta es valorada como una creadora inteligente y original. Ya desde el bachillerato se revuelve feroz ante los comentarios o personas que amenazen el escenario en el que se promete brillar sin competencia; tarde o temprano los impertinentes caen bajo la trituradora de sus versos y, allí, son diseccionados con fruición.



Escribe en su Diario: Agosto de 1950, a los 18 años: “Es difícil escribir sobre algunas cosas. Al contar lo que te ha sucedido lo dramatizas en exceso o le quitas importancia, exageras lo insignificante u omites lo principal. El resultado es que nunca escribes como querías hacerlo. Tengo que anotar lo que me ha pasado esta tarde. A mi madre no se lo puedo contar; no en este momento, al menos. La he encontrado en mi cuarto cuando he vuelto a casa, ocupada con mi ropa, y ni siquiera ha intuido que me había pasado algo. Se ha limitado a reñirme una vez más y a seguir hablando por los codos. Y no he podido callarla para contárselo. De manera que, salga como salga, tengo que escribirlo.” Típica incomodidad adolescente con una salvedad: la confianza en que la escritura crea la realidad.





En su existencia adulta, de alguna manera el suicidio estuvo siempre: como un flirteo letal, como un vago refugio ante la incertidumbre, como especulación poética, como el frío opuesto de su fogoso carácter. Diario, Noviembre de 1952, 20 años, próxima a egresar del Smith College, un año antes de su depresión nerviosa, intento de suicidio y posterior internación: “Cielos, si alguna vez he estado cerca de querer suicidarme, es ahora, con la débil sangre insomne arrastrándoseme por las venas, y el aire espeso y gris de lluvia y los malditos hombrecillos al otro lado de la calle golpeando el techo con picos y hachas y escoplos, y el acre hedor demoníaco del alquitrán. He vuelto a caer otra vez en la cama esta mañana, suplicando que me llegara el sueño, refugiándome en la huida oscura, cálida y maloliente que me aleja de la acción, de la responsabilidad. No me ha servido de nada. [ ] Mi mundo se deshace, se desmorona, “el centro no sostiene”. No hay una fuerza que integre, tan sólo el miedo esencial, el puro instinto de conservación.[ ]”.




Y siempre en la vida de Sylvia, niña, estudiante, poeta, trabajadora, madre o esposa, estuvo la exigencia: “[ ] Tengo miedo. No soy maciza, sino que estoy hueca. Detrás de los ojos siento una caverna entumecida, paralizada, un pozo infernal, una nada que es pura imitación. No he pensado nunca, ni he escrito, ni he sufrido. Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy no a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas. [ ]” (1952).





Todos los textos de Sylvia Plath son leídos hoy bajo el cristal de su dramático suicidio. “Límite”, escrito en la víspera del suicidio, es un poema imposible de ser leído sin relacionarlo con sus últimas horas.

La mujer alcanzó la perfección.


Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga,
sus pies desnudos parecen decir,
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía.
Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;
así los pétalos de una rosa cerrada,
cuando el jardín se envara
y los olores sangran de las dulces gargantas
profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.






El suicidio real sucede a sus 30 años, en 1963, en un modesto piso de alquiler en Londres mientras sus hijos, Nicholas, de un año, y Frieda, de dos, duermen. Plath dejó pan y leche para la niña y el niño y selló la habitación para que el gas no llegara a las criaturas, que resultaron ilesas. La tragedia estaba anunciada. Y preanunciada, en una entrada del Diario en 1957: “El no ser perfecta, me hiere”, escribió.



Ted Hughes, poeta laureado, representante del bardo británico desde su juventud, marido, devino tutor literario de la obra de su esposa suicidada. Corrigió y editó dicho material e hizo desaparecer el último volumen del diario íntimo de Sylvia, en el que la poeta hablaba sobre su etapa final.



De los Diarios de Plath faltan dos cuadernos: uno fue eliminado por Hughes, que justificó la acción diciendo que "el olvido es una condición de la sobrevivencia", del otro sólo informó que había desaparecido. Mantuvo absoluto silencio sobre la vida de ambos mientras era señalado como responsable directo de la muerte de la poeta.



En 1950, un momento de su vida en el que aparece la tensión entre la fascinación y el miedo que le produce lo sexual, empieza a llevar sistemáticamente un diario, escribe sobre el significado de ser escritora, las dudas y entusiasmos que el oficio le suscita, muchas son las justificaciones en las que se deshace por tomar de la vida real a personas y hechos que deforma literariamente, la culpabilidad impregna muchas de las reflexiones de Sylvia.




En el Diario habla un Sylvia insegura, muy lejana de la imagen de joven que tiene todo bajo control que ofrece hacia afuera. Se muestra totalmente sincera, y observa con ironía y lucidez el panorama emocional de sus 18 años: [las citas] “este juego de la búsqueda de pareja, de prueba y tanteo”; “el fuerte olor a virilidad que crea el medio ideal para que yo viva en él”; “Me han imbuido demasiada conciencia y no podría quebrantar las normas sin consecuencias desastrosas; sólo puedo apoyarme con envidia en la barrera y odiar, odiar, odiar, a los chicos que dan rienda suelta a su deseo sexual… y siguen siendo íntegros, mientras que yo me arrastro de cita en cita, desbordando deseo, siempre insatisfecha. Todo esto me pone mala.”



Signada por el universo Dorys Day, retrata cabalmente las reglas del juego: “La virgen americana, vestida para seducir… Salimos con chicos, pasamos el rato y, si somos buenas chicas, en determinado momento, ponemos reparos”.





La mítica figura poética de Sylvia Plath, el transcurso vital de Sylvia, el crecimiento de Sivvy, han contribuido grandemente a repensar la identidad de las mujeres al advertir sobre la lucha secreta, anónima, que emprende una mujer por liberarse de clichés sobre lo femenino, y decir su palabra propia. En sus Diarios la encontramos sin doble discurso, sincera hasta la incomodidad: la escritora que dice con fuerza y honestidad su condición de mujer silenciada. Es inquietante y doloroso leer su palabra tensa soportando la incerteza de su vida, las páginas de su diario son una biografía sin edulcorantes.




Diario, jueves noche, 5 de noviembre de 1957: "Tengo una lucha interior que no quiere ser derrotada por un lema o la resolución de una noche. Mi demonio de la negación quiere tentarme día a día, y tengo que luchar con él, como algo distinto a mi yo esencial, que lucho por salvar: cada día debo tener algo que recomendarle: el honesto deleite de mirar el rápido y peludo cuerpo de una ardilla o sentir profundamente, el clima y el color, o leer y pensar en algo a una luz distinta: una buena explicación o 5 minutos en clase para redimir 45 malos. Minuto tras minuto luchando hacia arriba. Fuera de la sombra de esa nube negra que quiere aniquilar mi ser entero con su demanda de perfección y medida, no de lo que yo soy, sino de lo que no soy. Yo soy como soy y escribo, vivo y viajo: He tenido el valor que he ganado, pero debo trabajar para tener más valor. No quiero hacerme más ilusiones."




Pocos meses antes, el 17 de julio de 1957, escribe en su diario otra frase absoluta: "Escribiré hasta que empiece a escribir sobre mi yo verdadero". Esta declaración la muestra sincera, valiente, lúcida ante su sufrimiento existencial, mirando de frente, sin maquillaje, su realidad.[






fuente: Liliana Costa Staksrud

Dylan Thomas, el poeta bebedor

El 9 de Noviembre de 1953, moría el escritor galés Dylan Thomas. Dylan Thomas: uno de los mejores poetas en lengua británica de la primera mitad del siglo XX.
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Dylan Marlais Thomas nació en Swansea, Gales, en 1914. Su precocidad se nota ya desde su infancia, a los 4 años es capaz de recitar de memoria Ricardo II, de Shakespeare, configurando no solamente su singularidad sino también sus dotes histriónicas. Desde pequeño aprendió únicamente inglés, aunque sus padres hablaban galés. Se crió en un ambiente rural que le sirvió de inspiración para los relatos que escribió más tarde.
Su padre, D. J. Thomas, un escritor frustrado, profesor de una escuela elemental (la Swansea Grammar School, donde estudió Dylan) vio en su hijo el enorme talento que estaba germinando, de hecho soñaba con darle la mejor educación posible, mandándolo a Oxford, lo que no sería posible. Tras terminar su educación secundaria, Thomas emigró a Londres con el deseo ferviente de publicar sus poemas.


Ya antes había dejado la escuela para convertirse, a instancias de su padre, en periodista del South Wales Evening Post. Es en esta publicación donde ya se desatan las dotes de escritor de Thomas. Redacta obituarios poéticamente, y críticas de cine y teatro donde no dejaba títere con cabeza, despedazando a lo más granado de las tablas galesas de por aquel entonces (y dando muestras de su propensión al escándalo).


Después de una ardua jornada de trabajo solía apagar su sed insaciable en el bar The Anthelope, donde escuchaba las historias de los marineros ingleses, mientras se embriagaba hasta la médula. Pero el camino no estaba en el periodismo. Tras un año y medio de labor de prensa, la poesía —su “oficio u hosco arte”— lo arrastraría definitivamente hacia sus dominios.



Durante la Segunda Guerra Mundial no sirvió en el frente, pues le consideraban demasiado débil, así que se dedicó a escribir propaganda para su país. participó como guionista y también como locutor en la BBC. Ya entonces se había transformado en un alcóholico


Thomas comenzó pronto a hacerse un sitio en el mundo de la poesía inglesa y colaboró en prestigiosas revistas con su poesía oscura, en ocasiones mitológica, cargada de cierta característica febril.
Además de la belleza e intensidad de su poesía, que resulta imborrable recitada por su voz intensa, Dylan Thomas es conocido por su aura bohemia y de autor maldito, famoso por sus primeras obras, como Dieciocho poemas (1934) o, ya en su plenitud, Muertes y entradas (1946).


Conoció a su mujer, Caitlin MacNamara, en un pub. Estando borracho le pidió matrimonio y así empezó su idilio. Sin embargo la relación se enturbió con los numerosos rumores de aventuras por ambas partes.


Thomas era un alcohólico empedernido, y esto le llevó a la tumba. En una visita a Nueva York, donde cumplía con una gira de recitales poéticos, estaba desatado y debían contenerlo para que no se abalanzase sobre las estudiantes que asistian a sus presentaciones. Sedujo a la esposa del escritor De Vries, que había organizado la gira. Por eso él le retó a un concurso para ver quién bebía más. De Vries era mucho más grande, Thomas perdió. Murió el 9 de Noviembre, tras sufrir una hemorragia cerebral después de pasar 4 días en coma por el alcohol. Dejó un legado de relatos, obras de teatro y sobre todo poemas difícilmente comparables.



Poseía una gran voz con la que cautivaba a la audiencia en recitales o en la radio, la gente lo seguía, lo amaba como sucede con los poetas que tocan el alma popular. Aquí transcribo uno de sus más conocidos poemas, en la versión original, y su traducción (en versión de Waldo Rojas).

And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion
And death shall have no dominion.
Dead men naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.
And death shall have no dominion.
Under the windings of the sea
They lying long shall not die windily;
Twisting on racks when sinews give way,
Strapped to a wheel, yet they shall not break;
Faith in their hands shall snap in two,
And the unicorn evils run them through;
Split all ends up they shan’t crack;
And death shall have no dominion.
And death shall have no dominion.
No more may gulls cry at their ears
Or waves break loud on the seashores;
Where blew a flower may a flower no more
Lift its head to the blows of the rain;
Though they be mad and dead as nails,
Heads of the characters hammer through daisies;
Break in the sun till the sun breaks down,
And death shall have no dominion.



Y la muerte perderá su dominio

Y la muerte perderá su dominio.
Los muertos desnudos serán un solo muerto.
Con el hombre en el viento y la Luna de occidente;
cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos.
Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas.
Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir.
Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor.
Y la muerte perderá su dominio.
Y la muerte perderá su dominio.
Bajo los remolinos del mar
aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad
retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones
atados a una rueda no podrán destrozarse;
entre sus manos la fe se romperá en dos
y el Unicornio del mal los atravesará.
Y hendidos por todas partes no se desmembrarán.
Y la muerte perderá su dominio.
Y la muerte perderá su dominio.
Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos
o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera;
allí donde se abrió una flor nunca más otra flor
ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia.
Y aún locas o muertas como clavos
atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras;
irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda.
Y la muerte perderá su dominio.





Fue conocido como "el maudit", "el gran maldito" o "el último maldito" (lugar común o apodo que reciben automáticamente todos los poetas borrachos, noctámbulos, disipados o indiscutidamente geniales). Poeta precoz y repentinamente fallecido, el caos y el exceso fueron su camino a la genialidad. Famoso por ser un bohemio y un borracho redomado, famoso también por su vozarrón cautivante, que atraía, cual cantante juvenil, a cientos de personas a sus recitales poéticos, o a pegarse al receptor cuando hablaba en la BBC.






Bibliografía:

* Dieciocho poemas, 1934
* Veinticinco poemas, 1936
* El mapa del amor, 1939
* Muertes y entradas, 1946
* Retrato del artista cachorro, 1940. Autobiográfico
* En el sueño campestre, 1951
* Aventuras en el tráfico de pieles, 1954. Póstumo
* Bajo el bosque lácteo. Obra radiofónica





En mi oficio o mi arte sombrío...

En mi oficio o mi arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.


Como chismes/curiosidades está el hecho de que Bob Dylan (nacido Bob Zimmerman) se cambio el nombre por la gran admiración que sentía por el poeta galés, y otra es que también este poema tiene importancia en la pelicula Solaris (2002) de Steven Soderbergh.
[/url]

http://biografiasde.com/biografia/dylan-thomas/
En esta página se puede escuchar a D.Tomas recitando dos poemas: http://www.google.com.ar/imgres?imgurl=http://agaudi.files.wordpress.com/2008/04/dylan_thomas.jpg&imgrefurl=http://agaudi.wordpress.com/2008/04/18/dylan-thomas-y-la-muerte-perdera-su-dominio/&h=465&w=400&sz=100&tbnid=pOqGySamPxw6mM:&tbnh=128&tbnw=110&prev=/images%3Fq%3Ddylan%2Bthomas&zoom=1&q=dylan+thomas&hl=es&usg=__cihXv7V6WXebR0urQXI0Vqd8Z3A=&sa=X&ei=Tkf1TNfaGsH78Aau3_DUBg&ved=0CDwQ9QEwAw
http://www.celebritydeath.net/?p=98

jueves, 28 de octubre de 2010

Taller de Escritura Creativa

¿Te gusta escribir?

Te ofrezco un taller de escritura creativa en el que, mediante consignas imaginativas, escribirás desde el primer momento.

El taller se llama POR LAS RAMAS, está orientado a potenciar tu imaginación y a dar alas a la expresión de tus sentimientos.

Son clases presenciales, en grupos reducidos, coordinadas por una escritora experimentada en talleres de escritura y literarios. No es necesaria experiencia previa, sólo que quieras escribir.

Si estás interesad@ comunicate con: lidoro30@yahoo.com.ar


Días en los que se imparte el taller:
En Palermo, a una cuadra de Plaza Italia: días miércoles de 19.00 a 21.00 horas; jueves de 19.00 a 21.00 horas y sábados de 11.00 a 13.00 horas.
En Villa Pueyrredón: día lunes de 18.00 a 20.00 horas. 

domingo, 24 de octubre de 2010



Intensidad es una palabra clave para aproximarse al misterio vital de Sylvia Plath. Boston, 27 de Octubre de 1932 - Londres, 11 de Febrero de 1963


Un misterio que comienza en su infancia, acunada por el juego y el aprendizaje, los cuidados de sus austeros y responsables padre y madre, y por su carácter fantasioso, explosivo y de risa fácil. Ya de niña, Plath ama su libertad tanto como detesta la imposición de modelos que no le interesan. Siendo púber dará rienda suelta a su humor excéntrico y punzante, transformándose en la favorita de sus compañeros y compañeras de escuela.


Ya adolescente, obsesionada por cosas nimias que exacerban su temprano perfeccionismo, enfrentará las exigencias del Smith College blindándose en la simulación y en un sentido del humor lapidario. En cada etapa de su vida manifiesta la voraz capacidad para gozar de la vida que la caracterizó. Luce un estilo informal y también viste impecable la moda de los 50 para entrevistar a la escritora Elizabeth Bowen para la revista Mademoiselle, donde es redactora, o para recibir un premio literario de manos de la poeta Marianne Moore. Con férrea voluntad cumplirá los planes que elabora sobre su vocación: conseguir becas para estudiar y viajar por Europa, escribir libros de poesía (desde los 8 años envía poemas a revistas especializadas), ser profesora de literatura o directora de alguna revista. Luego añadirá ser poeta y madre a la vez.



Fue una morbosa amante de la perfección y una infatigable buscadora de la concentración poética. Acumuló becas, reconocimientos académicos y literarios, su nombre como poeta adquiere cierta trascendencia y en los círculos literarios que frecuenta es valorada como una creadora inteligente y original. Ya desde el bachillerato se revuelve feroz ante los comentarios o personas que amenazen el escenario en el que se promete brillar sin competencia; tarde o temprano los impertinentes caen bajo la trituradora de sus versos y, allí, son diseccionados con fruición.



Escribe en su Diario: Agosto de 1950, a los 18 años: “Es difícil escribir sobre algunas cosas. Al contar lo que te ha sucedido lo dramatizas en exceso o le quitas importancia, exageras lo insignificante u omites lo principal. El resultado es que nunca escribes como querías hacerlo. Tengo que anotar lo que me ha pasado esta tarde. A mi madre no se lo puedo contar; no en este momento, al menos. La he encontrado en mi cuarto cuando he vuelto a casa, ocupada con mi ropa, y ni siquiera ha intuido que me había pasado algo. Se ha limitado a reñirme una vez más y a seguir hablando por los codos. Y no he podido callarla para contárselo. De manera que, salga como salga, tengo que escribirlo.” Típica incomodidad adolescente con una salvedad: la confianza en que la escritura crea la realidad.





En su existencia adulta, de alguna manera el suicidio estuvo siempre: como un flirteo letal, como un vago refugio ante la incertidumbre, como especulación poética, como el frío opuesto de su fogoso carácter. Diario, Noviembre de 1952, 20 años, próxima a egresar del Smith College, un año antes de su depresión nerviosa, intento de suicidio y posterior internación: “Cielos, si alguna vez he estado cerca de querer suicidarme, es ahora, con la débil sangre insomne arrastrándoseme por las venas, y el aire espeso y gris de lluvia y los malditos hombrecillos al otro lado de la calle golpeando el techo con picos y hachas y escoplos, y el acre hedor demoníaco del alquitrán. He vuelto a caer otra vez en la cama esta mañana, suplicando que me llegara el sueño, refugiándome en la huida oscura, cálida y maloliente que me aleja de la acción, de la responsabilidad. No me ha servido de nada. [ ] Mi mundo se deshace, se desmorona, “el centro no sostiene”. No hay una fuerza que integre, tan sólo el miedo esencial, el puro instinto de conservación.[ ]”.




Y siempre en la vida de Sylvia, niña, estudiante, poeta, trabajadora, madre o esposa, estuvo la exigencia: “[ ] Tengo miedo. No soy maciza, sino que estoy hueca. Detrás de los ojos siento una caverna entumecida, paralizada, un pozo infernal, una nada que es pura imitación. No he pensado nunca, ni he escrito, ni he sufrido. Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy no a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas. [ ]” (1952).





Todos los textos de Sylvia Plath son leídos hoy bajo el cristal de su dramático suicidio. “Límite”, escrito en la víspera del suicidio, es un poema imposible de ser leído sin relacionarlo con sus últimas horas.

La mujer alcanzó la perfección.


Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga,
sus pies desnudos parecen decir,
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía.
Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;
así los pétalos de una rosa cerrada,
cuando el jardín se envara
y los olores sangran de las dulces gargantas
profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.






El suicidio real sucede a sus 30 años, en 1963, en un modesto piso de alquiler en Londres mientras sus hijos, Nicholas, de un año, y Frieda, de dos, duermen. Plath dejó pan y leche para la niña y el niño y selló la habitación para que el gas no llegara a las criaturas, que resultaron ilesas. La tragedia estaba anunciada. Y preanunciada, en una entrada del Diario en 1957: “El no ser perfecta, me hiere”, escribió.



Ted Hughes, poeta laureado, representante del bardo británico desde su juventud, marido, devino tutor literario de la obra de su esposa suicidada. Corrigió y editó dicho material e hizo desaparecer el último volumen del diario íntimo de Sylvia, en el que la poeta hablaba sobre su etapa final.



De los Diarios de Plath faltan dos cuadernos: uno fue eliminado por Hughes, que justificó la acción diciendo que "el olvido es una condición de la sobrevivencia", del otro sólo informó que había desaparecido. Mantuvo absoluto silencio sobre la vida de ambos mientras era señalado como responsable directo de la muerte de la poeta.



En 1950, un momento de su vida en el que aparece la tensión entre la fascinación y el miedo que le produce lo sexual, empieza a llevar sistemáticamente un diario, escribe sobre el significado de ser escritora, las dudas y entusiasmos que el oficio le suscita, muchas son las justificaciones en las que se deshace por tomar de la vida real a personas y hechos que deforma literariamente, la culpabilidad impregna muchas de las reflexiones de Sylvia.




En el Diario habla un Sylvia insegura, muy lejana de la imagen de joven que tiene todo bajo control que ofrece hacia afuera. Se muestra totalmente sincera, y observa con ironía y lucidez el panorama emocional de sus 18 años: [las citas] “este juego de la búsqueda de pareja, de prueba y tanteo”; “el fuerte olor a virilidad que crea el medio ideal para que yo viva en él”; “Me han imbuido demasiada conciencia y no podría quebrantar las normas sin consecuencias desastrosas; sólo puedo apoyarme con envidia en la barrera y odiar, odiar, odiar, a los chicos que dan rienda suelta a su deseo sexual… y siguen siendo íntegros, mientras que yo me arrastro de cita en cita, desbordando deseo, siempre insatisfecha. Todo esto me pone mala.”



Signada por el universo Dorys Day, retrata cabalmente las reglas del juego: “La virgen americana, vestida para seducir… Salimos con chicos, pasamos el rato y, si somos buenas chicas, en determinado momento, ponemos reparos”.





La mítica figura poética de Sylvia Plath, el transcurso vital de Sylvia, el crecimiento de Sivvy, han contribuido grandemente a repensar la identidad de las mujeres al advertir sobre la lucha secreta, anónima, que emprende una mujer por liberarse de clichés sobre lo femenino, y decir su palabra propia. En sus Diarios la encontramos sin doble discurso, sincera hasta la incomodidad: la escritora que dice con fuerza y honestidad su condición de mujer silenciada. Es inquietante y doloroso leer su palabra tensa soportando la incerteza de su vida, las páginas de su diario son una biografía sin edulcorantes.




Diario, jueves noche, 5 de noviembre de 1957: "Tengo una lucha interior que no quiere ser derrotada por un lema o la resolución de una noche. Mi demonio de la negación quiere tentarme día a día, y tengo que luchar con él, como algo distinto a mi yo esencial, que lucho por salvar: cada día debo tener algo que recomendarle: el honesto deleite de mirar el rápido y peludo cuerpo de una ardilla o sentir profundamente, el clima y el color, o leer y pensar en algo a una luz distinta: una buena explicación o 5 minutos en clase para redimir 45 malos. Minuto tras minuto luchando hacia arriba. Fuera de la sombra de esa nube negra que quiere aniquilar mi ser entero con su demanda de perfección y medida, no de lo que yo soy, sino de lo que no soy. Yo soy como soy y escribo, vivo y viajo: He tenido el valor que he ganado, pero debo trabajar para tener más valor. No quiero hacerme más ilusiones."




Pocos meses antes, el 17 de julio de 1957, escribe en su diario otra frase absoluta: "Escribiré hasta que empiece a escribir sobre mi yo verdadero". Esta declaración la muestra sincera, valiente, lúcida ante su sufrimiento existencial, mirando de frente, sin maquillaje, su realidad.






fuente: Liliana Costa Staksrud

domingo, 10 de octubre de 2010

Entrevista a William Faulkner, publicada en Taringa por Tzolkin




- ¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?
- 99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.

-¿Quiere usted decir que el artista debe ser completamente despiadado?
-El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...

-Entonces la falta de seguridad, de felicidad, honor, etcétera, ¿sería un factor importante en la capacidad creadora del artista?
-No. Esas cosas sólo son importantes para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.



-Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?
-El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

-¿Bourbon?
-No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.

-Usted mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?
-No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.

-¿Trabajar para el cine es perjudicial para su propia obra de escritor?
-Nada puede perjudicar la obra de un hombre si éste es un escritor de primera, nada podrá ayudarlo mucho. El problema no existe si el escritor no es de primera, porque ya habrá vendido su alma por una piscina.

-Usted dice que el escritor debe transigir cuando trabaja para el cine. ¿Y en cuanto a su propia obra? ¿Tiene alguna obligación con el lector?
-Su obligación es hacer su obra lo mejor que pueda hacerla; cualquier obligación que le quede después de eso, puede gastarla como le venga la gana. Yo, por mi parte, estoy demasiado ocupado para preocuparme por el público. No tengo tiempo para pensar en quién me lee. No me interesa la opinión de Juan Lector sobre mi obra ni sobre la de cualquier otro escritor. La norma que tengo que cumplir es la mía, y esa es la que me hace sentir como me siento cuando leo La tentación de Saint Antoine o el Antiguo Testamento. Me hace sentir bien, del mismo modo que observar un pájaro me hace sentir bien. Si reencarnara, sabe usted, me gustaría volver a vivir como un zopilote. Nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo quiere, ni lo necesita. Nadie se mete con él, nunca está en peligro y puede comer cualquier cosa.



-¿Qué técnica utiliza para cumplir su norma?
-Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error. El buen artista cree que nadie sabe lo bastante para darle consejos, tiene una vanidad suprema. No importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.

-Entonces, ¿usted niega la validez de la técnica?
-De ninguna manera. Algunas veces la técnica arremete y se apodera del sueño antes de que el propio escritor pueda aprehenderlo. Eso es tour de force y la obra terminada es simplemente cuestión de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor probablemente conoce cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la obra antes de escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue fácil. Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó sólo unas seis semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo de doce horas al día haciendo trabajo manual. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las sometí a las catástrofes naturales universales, que son la inundación y el fuego, con una motivación natural simple que le diera dirección a su desarrollo. Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también más fácil en otro sentido. Porque en mi caso siempre hay un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la página 275. Claro está que yo no sé lo que sucedería si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez y el valor de no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis obras ha satisfecho mis propias normas, debo juzgarlas sobre la base de aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia del mismo modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón o asesino más que al que se convirtió en sacerdote.

-¿Qué obra es ésa?
-El Sonido y la Furia. La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia para librarme del sueño que seguiría angustiándome mientras no la contara. Es una tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque es valiente, generosa, dulce y honrada. Es mucho más valiente, honrada y generosa que yo.

-¿Cómo empezó El Sonido y la Furia?
-Empezó con una imagen mental. Yo no comprendí en aquel momento que era simbólica. La imagen era la de los fondillos enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un peral, desde donde ella podía ver a través de una ventana el lugar donde se estaba efectuando el funeral de su abuela y se lo contaba a sus hermanos que estaban al pie del árbol. Cuando llegué a explicar quiénes eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se habían enlodado los calzoncitos de la niña, comprendí que sería imposible meterlo todo en un cuento y que el relato tendría que ser un libro. Y entonces comprendí el simbolismo de los calzoncitos enlodados, y esa imagen fue reemplazada por la de la niña huérfana de padre y madre que se descuelga por el tubo de desagüe del techo para escaparse del único hogar que tiene, donde nunca ha recibido amor ni afecto ni comprensión. Yo había empezado a contar la historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué. Me di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté de volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco resultó. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo mismo las veces de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años después de la publicación del libro, cuando escribí, como apéndice de otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la historia, aun cuando lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente fracasaría otra vez.



-¿Qué emoción suscita Benjy en usted?
-La única emoción que puedo sentir por Benjy es aflicción y compasión por toda la humanidad. No se puede sentir nada por Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir por él personalmente es preocupación en cuanto a que sea creíble tal cual yo lo creé. Benjy fue un prólogo, como el sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple su cometido y se va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene conocimiento alguno del bien y del mal.

-¿Podía Benjy sentir amor?
-Benjy no era lo suficientemente racional ni siquiera para ser un egoísta. Era un animal. Reconocía la ternura y el amor, aunque no habría podido nombrarlos; y fue la amenaza a la ternura y al amor lo que lo llevó a gritar cuando sintió el cambio en Caddy. Ya no tenía a Caddy; siendo un idiota, ni siquiera estaba consciente de la ausencia de Caddy. Sólo sabía que algo andaba mal, lo cual creaba un vacío en el que sufría. Trató de llenar ese vacío. Lo único que tenía era una de las pantuflas desechadas de Caddy. La pantufla era la ternura y el amor de Benjy que éste podría haber nombrado, y sólo sabía que le faltaban. Era mugroso porque no podía coordinar y porque la mugre no significaba nada para él. Así como no podía distinguir entre el bien y el mal, tampoco podía distinguir entre lo limpio y lo sucio. La pantufla le daba consuelo aun cuando ya no recordaba la persona a la que había pertenecido, como tampoco podía recordar por qué sufría. Si Caddy hubiese reaparecido, Benjy probablemente no la habría reconocido.

-¿Ofrece ventajas artísticas el componer la novela en forma de alegoría, como la alegoría cristiana que usted utilizó en Una fábula?
-La misma ventaja que representa para el carpintero construir esquinas cuadradas al construir una casa cuadrada. En Una fábula, la alegoría cristiana era la alegoría indicada en esa historia particular, del mismo modo que una esquina cuadrada oblonga es la esquina indicada para construir una casa rectangular oblonga.

-¿Quiere decir que un artista puede usar el cristianismo simplemente como cualquier otra herramienta, de la misma manera que un carpintero tomaría prestado un martillo?
-Al carpintero del que estamos hablando nunca le falta ese martillo. A nadie le falta cristianismo, si nos ponemos de acuerdo en cuanto al significado que le damos a la palabra. Se trata del código de conducta individual de cada persona, por medio del cual ésta se hace un ser humano superior al que su naturaleza quiere que sea si la persona sólo obedece a su naturaleza. Cualquiera que sea su símbolo -la cruz o la media luna o lo que fuere-, ese símbolo es para el hombre el recordatorio de su deber como miembro de la raza humana. Sus diversas alegorías son los modelos con los que se mide a sí mismo y aprende a conocerse. La alegoría no puede enseñar al hombre a ser bueno del mismo modo que el libro de texto le enseña matemáticas. Le enseña cómo descubrirse a sí mismo, cómo hacerse de un código moral y de una norma dentro de sus capacidades y aspiraciones al proporcionarle un ejemplo incomparable de sufrimiento y sacrificio y la promesa de una esperanza. Los escritores siempre se han nutrido, y siempre se nutrirán de las alegorías de la conciencia moral, por la razón de que las alegorías son incomparables: los tres hombres de Moby Dick, que representan la trinidad de la conciencia: no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse. La misma trinidad está representada en Una fábula por el viejo aviador judío, que dice "Esto es terrible. Me niego a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para hacerlo"; el viejo cuartelmaestre francés, que dice: "Esto es terrible, pero podemos llorar y soportarlo"; y el mismo mensajero del batallón inglés que dice: "Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo".



-¿Fueron reunidos en un solo volumen los dos temas no relacionados de Las palmeras salvajes con algún propósito simbólico? ¿Se trata, como sugieren algunos críticos, de una especie de contrapunto estético o de una simple casualidad?
-No, no. Aquello era una historia: la historia de Charlotte Rittenmeyer y Harry Wilbourne, que lo sacrificaron todo por el amor y después perdieron eso. Yo no sabía que iban a ser dos historias separadas sino después de haber empezado el libro. Cuando llegué al final de lo que ahora es la primera sección de Las palmeras salvajes, comprendí súbitamente que faltaba algo, que la historia necesitaba énfasis, algo que la levantara como el contrapunto en la música. Así que me puse a escribir El viejo hasta que Las palmeras salvajes volvió a ganar intensidad. Entonces interrumpí El viejo en lo que ahora es su primera parte y reanudé la composición de Las palmeras salvajes hasta que empezó a decaer nuevamente. Entonces volví a darle intensidad con otra parte de su antítesis, que es la historia de un hombre que conquistó su amor y pasó el resto del libro huyendo de él, hasta el grado de volver voluntariamente a la cárcel en que estaría a salvo. Son dos historias sólo por casualidad, tal vez por necesidad. La historia es la de Charlotte y Wilbourne.

-¿Qué porción de sus obras se basan en la experiencia personal?
-No sabría decirlo. Nunca he hecho la cuenta, porque la "porción" no tiene importancia. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental. La composición de la historia es simplemente cuestión de trabajar hasta el momento de explicar por qué ocurrió la historia o qué otras cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora que pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno de sus instrumentos, el ambiente que conoce. Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero puesto que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar torpemente en palabras lo que la música pura habría expresado mejor. Es decir, que la música lo expresaría mejor y más simplemente, pero yo prefiero usar palabras, del mismo modo que prefiero leer a escuchar. Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio.

-Usted dijo que la experiencia, la observación y la imaginación son importantes para el escritor. ¿Incluiría usted la inspiración?
-Yo no sé nada sobre la inspiración, porque no sé lo que es eso. La he oído mencionar, pero nunca la he visto.

-Se dice que usted como escritor está obsesionado por la violencia.
-Eso es como decir que el carpintero está obsesionado con su martillo. La violencia es simplemente una de las herramientas del carpintero . El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con una sola herramienta.



-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor?
-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.

-¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese "poco dinero de vez en cuando"?
-Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.

-Usted debe sentirse en deuda con Sherwood Anderson, pero, ¿qué juicio le merece como escritor?
-Él fue el padre de mi generación de escritores norteamericanos y de la tradición literaria norteamericana que nuestros sucesores llevarán adelante. Anderson nunca ha sido valorado como se merece. Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padre de ambos.

-Y, ¿en cuanto a los escritores europeos de ese período?
-Los dos grandes hombres de mi tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe.



-¿Lee usted a sus contemporáneos?
-No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.

-¿Y Freud?
-Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.

-¿Lee usted novelas policíacas?
-Leo a Simenon porque me recuerda algo de Chéjov.

-¿Y sus personajes favoritos?
-Mis personajes favoritos son Sarah Gamp: una mujer cruel y despiadada, una borracha oportunista, indigna de confianza, en la mayor parte de su carácter era mala, pero cuando menos era un carácter; la señora Harris, Falstaf, el Príncipe Hall, don Quijote y Sancho, por supuesto. A lady Macbeth siempre la admiro. Y a Bottom, Ofelia y Mercucio. Este último y la señora Gamp se enfrentaron con la vida, no pidieron favores, no gimotearon. Huckleberry Finn, por supuesto, y Jim. Tom Sawyer nunca me gustó mucho: un mentecato. Ah, bueno, y me gusta Sut Logingood, de un libro escrito por George Harris en 1840 ó 1850 en las montañas de Tenesí. Lovingood no se hacía ilusiones consigo mismo, hacía lo mejor que podía; en ciertas ocasiones era un cobarde y sabía que lo era y no se avergonzaba; nunca culpaba a nadie por sus desgracias y nunca maldecía a Dios por ellas.



-Y, ¿en cuanto a la función de los críticos?
-El artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está tratando de decir: "Yo pasé por aquí". La finalidad de su función no es el artista mismo. El artista está un peldaño por encima del crítico, porque el artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá a todo el mundo menos al artista.

-Entonces, ¿usted nunca siente la necesidad de discutir sobre su obra con alguien?
-No; estoy demasiado ocupado escribiéndola. Mi obra tiene que complacerme a mí, y si me complace entonces no tengo necesidad de hablar sobre ella. Si no me complace, hablar sobre ella no la hará mejor, puesto que lo único que podrá mejorarla será trabajar más en ella. Yo no soy un literato; sólo soy un escritor. No me da gusto hablar de los problemas del oficio.

-Los críticos sostienen que las relaciones familiares son centrales en sus novelas.
-Esa es una opinión y, como ya le dije, yo no leo a los críticos. Dudo que un hombre que está tratando de escribir sobre la gente esté más interesado en sus relaciones familiares que en la forma de sus narices, a menos que ello sea necesario para ayudar al desarrollo de la historia. Si el escritor se concentra en lo que sí necesita interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no le quedará mucho tiempo para otras cosas, como las ideas y hechos tales como la forma de las narices o las relaciones familiares, puesto que en mi opinión las ideas y los hechos tienen muy poca relación con la verdad.

-Los críticos también sugieren que sus personajes nunca eligen conscientemente entre el bien y el mal.
-A la vida no le interesa el bien y el mal. Don Quijote elegía constantemente entre el bien y el mal, pero elegía en su estado de sueño. Estaba loco. Entraba en la realidad sólo cuando estaba tan ocupado bregando con la gente que no tenía tiempo para distinguir entre el bien y el mal. Puesto que los seres humanos sólo existen en la vida, tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos. La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicarle a la moralidad, tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para obtener de éstos el derecho a soñar.



-¿Podría usted explicar mejor lo que entiende por movimiento en relación con el artista?
-La finalidad de todo artista es detener el movimiento que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse en virtud de qué es la vida. Puesto que el hombre es mortal, la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá. Esa es la manera que tiene el artista de escribir "Yo estuve aquí" en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir.

-Malcom Cowley ha dicho que sus personajes tienen una conciencia de sumisión a su destino.
-Esa es su opinión. Yo diría que algunos la tienen y otros no, como los personajes de todo el mundo. Yo diría que Lena Grove en Luz de agosto se entendió bastante bien con la suya. Para ella no era realmente importante en su destino que su hombre fuera Lucas Birch o no. Su destino era tener un marido e hijos y ella lo sabía, de modo que fue y los tuvo sin pedirle ayuda a nadie. Ella era la capitana de su propia alma. Uno de los parlamentos más serenos y sensatos que yo he escuchado fue cuando ella le dijo a Byron Bunch en el instante mismo de rechazar su intento final, desesperado, desesperanzado, de violarla, "¿No te da vergüenza? ¡Podías haber despertado al niño!" No se sintió confundida, asustada ni alarmada por un solo momento. Ni siquiera sabía que no necesitaba compasión. Su último parlamento, por ejemplo: "No llevo viajando más que un mes y ya estoy en Tenesí. Vaya, vaya, cómo rueda uno". La familia Brunden, en Mientras agonizo, se las arregló bastante bien con su destino. El padre, después de perder a su esposa, necesitaba naturalmente otra, así que se la buscó. De un solo golpe no sólo reemplazó a la cocinera de la familia, sino que adquirió un fonógrafo para darles gusto a todos mientras descansaban. La hija embarazada no logró deshacerse de su problema esa vez, pero no se descorazonó. Lo intentó nuevamente, y aun cuando todos los intentos fracasaron, al fin y al cabo no fue más que otro bebé.

-¿Qué le sucedió a usted entre La paga de los soldados y Sartoris? Es decir, ¿cuál fue el motivo de que usted empezara a escribir la saga de Yoknapatawpha?
-Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme.