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domingo, 24 de octubre de 2010



Intensidad es una palabra clave para aproximarse al misterio vital de Sylvia Plath. Boston, 27 de Octubre de 1932 - Londres, 11 de Febrero de 1963


Un misterio que comienza en su infancia, acunada por el juego y el aprendizaje, los cuidados de sus austeros y responsables padre y madre, y por su carácter fantasioso, explosivo y de risa fácil. Ya de niña, Plath ama su libertad tanto como detesta la imposición de modelos que no le interesan. Siendo púber dará rienda suelta a su humor excéntrico y punzante, transformándose en la favorita de sus compañeros y compañeras de escuela.


Ya adolescente, obsesionada por cosas nimias que exacerban su temprano perfeccionismo, enfrentará las exigencias del Smith College blindándose en la simulación y en un sentido del humor lapidario. En cada etapa de su vida manifiesta la voraz capacidad para gozar de la vida que la caracterizó. Luce un estilo informal y también viste impecable la moda de los 50 para entrevistar a la escritora Elizabeth Bowen para la revista Mademoiselle, donde es redactora, o para recibir un premio literario de manos de la poeta Marianne Moore. Con férrea voluntad cumplirá los planes que elabora sobre su vocación: conseguir becas para estudiar y viajar por Europa, escribir libros de poesía (desde los 8 años envía poemas a revistas especializadas), ser profesora de literatura o directora de alguna revista. Luego añadirá ser poeta y madre a la vez.



Fue una morbosa amante de la perfección y una infatigable buscadora de la concentración poética. Acumuló becas, reconocimientos académicos y literarios, su nombre como poeta adquiere cierta trascendencia y en los círculos literarios que frecuenta es valorada como una creadora inteligente y original. Ya desde el bachillerato se revuelve feroz ante los comentarios o personas que amenazen el escenario en el que se promete brillar sin competencia; tarde o temprano los impertinentes caen bajo la trituradora de sus versos y, allí, son diseccionados con fruición.



Escribe en su Diario: Agosto de 1950, a los 18 años: “Es difícil escribir sobre algunas cosas. Al contar lo que te ha sucedido lo dramatizas en exceso o le quitas importancia, exageras lo insignificante u omites lo principal. El resultado es que nunca escribes como querías hacerlo. Tengo que anotar lo que me ha pasado esta tarde. A mi madre no se lo puedo contar; no en este momento, al menos. La he encontrado en mi cuarto cuando he vuelto a casa, ocupada con mi ropa, y ni siquiera ha intuido que me había pasado algo. Se ha limitado a reñirme una vez más y a seguir hablando por los codos. Y no he podido callarla para contárselo. De manera que, salga como salga, tengo que escribirlo.” Típica incomodidad adolescente con una salvedad: la confianza en que la escritura crea la realidad.





En su existencia adulta, de alguna manera el suicidio estuvo siempre: como un flirteo letal, como un vago refugio ante la incertidumbre, como especulación poética, como el frío opuesto de su fogoso carácter. Diario, Noviembre de 1952, 20 años, próxima a egresar del Smith College, un año antes de su depresión nerviosa, intento de suicidio y posterior internación: “Cielos, si alguna vez he estado cerca de querer suicidarme, es ahora, con la débil sangre insomne arrastrándoseme por las venas, y el aire espeso y gris de lluvia y los malditos hombrecillos al otro lado de la calle golpeando el techo con picos y hachas y escoplos, y el acre hedor demoníaco del alquitrán. He vuelto a caer otra vez en la cama esta mañana, suplicando que me llegara el sueño, refugiándome en la huida oscura, cálida y maloliente que me aleja de la acción, de la responsabilidad. No me ha servido de nada. [ ] Mi mundo se deshace, se desmorona, “el centro no sostiene”. No hay una fuerza que integre, tan sólo el miedo esencial, el puro instinto de conservación.[ ]”.




Y siempre en la vida de Sylvia, niña, estudiante, poeta, trabajadora, madre o esposa, estuvo la exigencia: “[ ] Tengo miedo. No soy maciza, sino que estoy hueca. Detrás de los ojos siento una caverna entumecida, paralizada, un pozo infernal, una nada que es pura imitación. No he pensado nunca, ni he escrito, ni he sufrido. Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy no a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas. [ ]” (1952).





Todos los textos de Sylvia Plath son leídos hoy bajo el cristal de su dramático suicidio. “Límite”, escrito en la víspera del suicidio, es un poema imposible de ser leído sin relacionarlo con sus últimas horas.

La mujer alcanzó la perfección.


Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga,
sus pies desnudos parecen decir,
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía.
Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;
así los pétalos de una rosa cerrada,
cuando el jardín se envara
y los olores sangran de las dulces gargantas
profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.






El suicidio real sucede a sus 30 años, en 1963, en un modesto piso de alquiler en Londres mientras sus hijos, Nicholas, de un año, y Frieda, de dos, duermen. Plath dejó pan y leche para la niña y el niño y selló la habitación para que el gas no llegara a las criaturas, que resultaron ilesas. La tragedia estaba anunciada. Y preanunciada, en una entrada del Diario en 1957: “El no ser perfecta, me hiere”, escribió.



Ted Hughes, poeta laureado, representante del bardo británico desde su juventud, marido, devino tutor literario de la obra de su esposa suicidada. Corrigió y editó dicho material e hizo desaparecer el último volumen del diario íntimo de Sylvia, en el que la poeta hablaba sobre su etapa final.



De los Diarios de Plath faltan dos cuadernos: uno fue eliminado por Hughes, que justificó la acción diciendo que "el olvido es una condición de la sobrevivencia", del otro sólo informó que había desaparecido. Mantuvo absoluto silencio sobre la vida de ambos mientras era señalado como responsable directo de la muerte de la poeta.



En 1950, un momento de su vida en el que aparece la tensión entre la fascinación y el miedo que le produce lo sexual, empieza a llevar sistemáticamente un diario, escribe sobre el significado de ser escritora, las dudas y entusiasmos que el oficio le suscita, muchas son las justificaciones en las que se deshace por tomar de la vida real a personas y hechos que deforma literariamente, la culpabilidad impregna muchas de las reflexiones de Sylvia.




En el Diario habla un Sylvia insegura, muy lejana de la imagen de joven que tiene todo bajo control que ofrece hacia afuera. Se muestra totalmente sincera, y observa con ironía y lucidez el panorama emocional de sus 18 años: [las citas] “este juego de la búsqueda de pareja, de prueba y tanteo”; “el fuerte olor a virilidad que crea el medio ideal para que yo viva en él”; “Me han imbuido demasiada conciencia y no podría quebrantar las normas sin consecuencias desastrosas; sólo puedo apoyarme con envidia en la barrera y odiar, odiar, odiar, a los chicos que dan rienda suelta a su deseo sexual… y siguen siendo íntegros, mientras que yo me arrastro de cita en cita, desbordando deseo, siempre insatisfecha. Todo esto me pone mala.”



Signada por el universo Dorys Day, retrata cabalmente las reglas del juego: “La virgen americana, vestida para seducir… Salimos con chicos, pasamos el rato y, si somos buenas chicas, en determinado momento, ponemos reparos”.





La mítica figura poética de Sylvia Plath, el transcurso vital de Sylvia, el crecimiento de Sivvy, han contribuido grandemente a repensar la identidad de las mujeres al advertir sobre la lucha secreta, anónima, que emprende una mujer por liberarse de clichés sobre lo femenino, y decir su palabra propia. En sus Diarios la encontramos sin doble discurso, sincera hasta la incomodidad: la escritora que dice con fuerza y honestidad su condición de mujer silenciada. Es inquietante y doloroso leer su palabra tensa soportando la incerteza de su vida, las páginas de su diario son una biografía sin edulcorantes.




Diario, jueves noche, 5 de noviembre de 1957: "Tengo una lucha interior que no quiere ser derrotada por un lema o la resolución de una noche. Mi demonio de la negación quiere tentarme día a día, y tengo que luchar con él, como algo distinto a mi yo esencial, que lucho por salvar: cada día debo tener algo que recomendarle: el honesto deleite de mirar el rápido y peludo cuerpo de una ardilla o sentir profundamente, el clima y el color, o leer y pensar en algo a una luz distinta: una buena explicación o 5 minutos en clase para redimir 45 malos. Minuto tras minuto luchando hacia arriba. Fuera de la sombra de esa nube negra que quiere aniquilar mi ser entero con su demanda de perfección y medida, no de lo que yo soy, sino de lo que no soy. Yo soy como soy y escribo, vivo y viajo: He tenido el valor que he ganado, pero debo trabajar para tener más valor. No quiero hacerme más ilusiones."




Pocos meses antes, el 17 de julio de 1957, escribe en su diario otra frase absoluta: "Escribiré hasta que empiece a escribir sobre mi yo verdadero". Esta declaración la muestra sincera, valiente, lúcida ante su sufrimiento existencial, mirando de frente, sin maquillaje, su realidad.






fuente: Liliana Costa Staksrud

jueves, 24 de junio de 2010

marina tsvietáieva, salvaje y lírica poeta rusa

Poeta rusa -claramente la mejor del siglo XX- nacida en Moscú, donde pasó sus primeros años de infancia y en la casa de verano de su rica familia, en Tarusa. Estudia piano y a los 14 años ya se interesa por la poesía de los románticos alemanes y franceses. En 1909 viaja a París donde asiste a lecciones sobre literatura francesa en la Sorbonne y un año después a Dresden. En 1910 publica su primer libro de poemas "Álbum de la tarde" y abandona la escuela antes de terminar los estudios.



En 1912 contrae matrimonio con Serguiei Efron, hijo de una familia revolucionaria ruso-judía, con el cual tiene tres hijos y se publica su segundo libro "La lámpara maravillosa", dedicado a su marido. Más tarde publica "De dos libros" (1913), "Poemas de juventud" (1915), publicado póstumamente en 1976. En "Historia de una dedicatoria" (1916) y "Poemas de Moscú" (1916) describe su mutuo enamoramiento con el también poeta Osip Mandelstam. De 1917 a 1922 escribe seis piezas de teatro y tres libros de poemas "Versti II", "El campo de los cisnes" y "Oficio". A partir de 1918 vive separada 5 años de su esposo, los cuales describe en sus diarios "Signos terrenales" (1919).



En 1922 viaja a Berlín tras conocer que su marido estudia en Praga adónde ha huido tras la derrota del ejército blanco, en el que se había enrolado. Publica en esta ciudad "Versti I" que había escrito 5 años antes, "La doncella del zar", "Poemas a Blok", el escritor ruso, "El fin de Casanova" y el poema Despedida.


Ese mismo año comienza su correspondencia con Boris Pasternak, el gran poeta ruso del cual fue su musa y apoyo moral, de la que se conservan 19 cartas de ella y 84 de él. En 1923 se instala en Praga y escribe su ciclo de poemas dedicados a Pasternak, "Cables" y "El poeta". De esa misma época son "Poema de la montaña" (1924), "El poema del fin" (1924), y sus dramas "Borrasca", "Fortuna", "Una aventura" y "Fénix". En 1925 vuelve a viajar a París, dónde inicia una correspondencia con Rainer María Rilke y decide quedarse en esa ciudad. Reúne y publica todos sus poemas desde 1922 a 1925 bajo el título "Después de Rusia".


En 1933 escribe un ensayo sobre Mayakovski y Pasternak, "Epos y Lírica en la Rusia de hoy", y varias de sus prosas autobiográficas: "Madre y música", "Los cuentos de la madre", "El diablo", dedicadas a su madre; "Las Kirilovnas", dedicada a sus temporadas de verano en Tarusa; "Inauguración de museo", "La corona de laurel" y "El museo Alejandro III", dedicadas a su padre. Escribe sobre Alexander Pushkin, mítico poeta ruso, "Mi Pushkin" (1937) y "Pushkin y Pugachov" (1937).


En octubre de ese mismo año tiene noticia de la implicación de su marido en el asesinato de un ex-militar ruso y del hijo de Trotski; atentados en los que nunca se probó fehacientemente su participación. Eran épocas de terrorismo de estado creciente que no se detenía en fronteras: sufre un registro domiciliario y un interrogatorio por la policía francesa. Un año después se traslada a vivir a un hotel donde escribe "Poemas a los checos", con motivo de la ocupación por los nazis.



En 1939 vuelve a la URSS. Su hermana Anastasia está en un campo de trabajo, su marido y su hija viven bajo vigilancia cerca de Moscú, dos meses más tarde serán detenidos. Marina vive de traducciones, en la más absoluta pobreza y temor constante por la vida de los suyos, con el apoyo de algunos amigos como el de la poeta Anna Akhmatova y el de su querido Boris Pasternak.


En 1941 en plena invasión nazi y después de que su marido fuera fusilado y su hijo enviado a trabajar en un campo de minas donde muere a una edad muy joven, Marina Tsivietaieva es evacuada a Yelabuga, donde el 31 de agosto se suicida ahorcándose. En agosto del 41, Marina Tsvietáieva se ahorcó, dicen que con la cuerda que había utilizado para su maleta del exilio. "Cómo no ahorcarse —diría años más tarde la escritora rusa Nina Berberova— cuando la adorada Alemania bombardea tu querido Moscú, los viejos amigos, asustados, se apartan de ti, los periódicos te acusan y no hay nada que comer".


Su poesía no concede al lector respiro alguno, su escritura no admite facilidades. Es un objeto artístico basado siempre en la realidad pero que no deja en pie la más mínima creencia en la aceptabilidad de este mundo. Su ruptura, tanto por su visión como por su estilo, es algo único en la poesía rusa hasta hoy.


Marina Tsvietáieva parecía necesitar amores vehementes, con finales desgraciados a veces, como una manera de nutrir su creatividad poética. Amó a hombres y mujeres. Amó tiernamente a su hija y a su hijo que no la sobrevivieron, y a una pequeña hija muerta poco después de nacer. Amó con inteligencia y creatividad el don de la escritura, en poesía y en prosa, que ejerció con excelencia. Su carácter fogoso y valiente, su delicioso humor, no fueron suficientes para salvarla en aquellos, como nunca, malos tiempos para la lírica.





A Ajmatova

¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas!
Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca.
Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas
Y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

Nos empujamos y un sordo ah
De mil bocas te jura fidelidad, Anna
Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro,
Cae en es hondo abismo que carece de nombre.

Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo;
Llevamos una corona.
Y aquél a que a muerte hieres a tu paso
Yace inmortal en su lecho de muerte.

Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas,
Y el vagabundo ciego canta loas al Señor…
Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas,
Ajmátova, y con ella te doy mi corazón.

(Versión de Monika Zgustová)


A Alia
mi hija

Algún día, criatura encantadora,
para ti seré sólo un recuerdo,

perdido allá, en tus ojos azules,
en la lejanía de tu memoria.

Olvidarás mi perfil aguileño,
y mi frente entre nubes de humo,

y mi eterna risa que a todos engaña,
y una centena de anillos de plata

en mi mano; el altillo-camarote,
mis papeles en divino desorden,

Por la desgracia alzados, en el año terrible;
tú eras pequeña y yo era joven.

(Versión de Severo Sarduy)


A Boris Pasternak

Distancia: kilómetros y kilómetros?
Nos han dispersado, transplantado
nos han ¡y qué bien estamos
en los lejanos horizontes!

Distancia y lejanías?
Des-pegados, des-soldados.
Apartaron manos, crucificaron
sin saber lo que destruían: la unión total.

De suspiros y tendones
nos malquistaron, nos esparcieron
y exfoliaron.
Muro y foso.
Separados, como las águilas.

Conspiradores y lejanías?
No nos desbarataron; nos perdieron
por los tugurios de las latitudes:
disgregados como huérfanos.

¿Cuál es, pero cuál es, marzo?
¡Como a las barajas nos han cortado

(Versión de Carlos Álvarez)


A Rainier Maria Rilke

Rainer, quiero encontrarme contigo,
quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir.
Simplemente dormir. Y nada más.
No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo
y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más.
No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú.
Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.

(Versión de Carlos Álvarez)

Es sencilla mi ropa...

Es sencilla mi ropa,
pobre mi hogar.
¡Soy una isleña
de islas remotas!

¡Nadie me hace falta!
si entras -pierdo el sueño.
Por calentarle la cena a un Extraño
quemaría mi casa.

Si me miras -ya nos conocemos,
si entras -¡quédate a vivir!
Es sencillo nuestro fuero,
está escrito en la sangre.

En la palma de la mano tendremos
la luna, si nos place.
Si te vas -es como si no existieras,
y como si tampoco yo existiera.

Miro la marca del cuchillo:
¿sanará antes
de que venga otro extraño
a pedirme agua?

(Versión de Severo Sarduy)

Se ha ido. Ya no como...

Se ha ido. Ya no como:
quedó sin gusto el pan.
Se ha ido - todo es tiza
si lo llego a tocar.

...Para mí, era el pan,
era la nieve;
ya la nieve no es blanca,
el pan no sabe a nada.

(Versión de Severo Sarduy)


Tu alma y la mía son gemelas...

Tu alma y la mía son gemelas
como mis manos: la derecha y la izquierda.
Tan cálidas y tiernas son unidas
como dos alas de un pájaro dormido.
¡Por un ciclón quedamos separados,
por un abismo, tú y yo, como dos alas!

(Versión de Larisa Diakova)

Mis versos, escritos tan temprano...

Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,

lanzados como ágiles diablillos al asalto
del santuario donde todo es sueño e incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,

en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.

(Versión de Severo Sarduy)


Libertad salvaje

Me gustan los juegos en que todos
son arrogantes y malignos,
en que son tigres y águilas
los enemigos.

Libertad salvaje
Que cante una voz altiva:
"¡Aquí, muerte, allí -presidio!"
¡Luche la noche conmigo,
la noche misma!

Volando voy -tras de mí van las fieras;
y con el lazo en las manos yo me río...
¡Ojalá la tormenta
me haga añicos!

¡Que sean héroes los enemigos!
¡Acabe en guerra el convite!
Que sólo quedemos dos:
¡El mundo y yo!

(Versión de Severo Sarduy)

Insomnio 2

Así como me gusta
besar las manos
y ofrendar nombres,
también me gusta
abrir las puertas
-¡de par en par!- a la oscura noche.

Apoyando la cabeza,
oír los recios pasos
hacerse más ligeros,
y cómo el viento mece
el bosque somnoliento
y desvelado.

¡Oh noche!
Van creciendo los arroyos
que en el sueño desembocan.
Ya se me cierran los ojos.
en medio de la noche
alguien se ahoga.

(Versión de Severo Sarduy)

Insinuarse
Quizás la mejor victoria sea
sobre el tiempo y la atracción,
pasar sin dejar huellas,
pasar sin dejar sombra

en las paredes...

Quizás renunciando
a vencer? Quién del espejo se borra?
Así como Lermontov en el Cáucaso
colarse sin inquietud en las rocas.

Es quizás la mejor diversión
con los dedos de Sebastián Bach
del órgano provocar el son?
Despedazarse sin dejar

cenizas para la urna...

Quizás por engaño
vencer? De toda latitud darse de alta?
Así en el tiempo tal océano
colarse sin inquietar las aguas...





Frases:

Si Dios hace este milagro, conservarlo con vida, lo seguiré a todos lados, como un perro.

Trago mis lágrimas en silencio.

Recito como alguien que se ahoga, no, como un pez que se atraganta con su propio mar.

Cuando duele es imposible comenzar de nuevo.

Vivir. Y hacer lo posible porque los otros vivan.

Para mí la posibilidad de conseguir lo deseado (un objeto o un alma) está en proporción inversa a la fuerza del deseo: mientras más deseado – más inalcanzable.

Algún día lo diré, ahora no tengo el valor.

Todo lo mío ha sido robado.

Alia antes de dormir: - Marina, le deseo todo lo mejor que hay en el mundo. Quizá: lo que aún queda en el mundo…

Es mejor perder a una persona en su totalidad, que retenerla en una centésima parte.

Toda la vida se divide en tres periodos: el presentimiento del amor, el hecho del amor y el recuerdo del amor.

Lo más valioso en los versos y en la vida es aquello que ha llegado involuntariamente.

Así se me quedó grabada esta primera visión de la burguesía durante la Revolución: las orejas, escondidas bajo los gorros, las almas, escondidas tras los abrigos, las cabezas, escondidas en los cuellos, los ojos, escondidos tras los cristales. Una enceguecedora -por la chispa de la cerilla– visión de la piel.

Salva Dios, y protege: a Marina, a Seriozha, a Irina, a Liuba, a Asia, a Andriusha, a los oficiales y los no oficiales, a los franceses y los no franceses, a los heridos y los no heridos, a los sanos y a los enfermos - a todos nuestros conocidos y también a los que no conocemos.

En una palabra, yo no estoy: yo acompaño.




Fuentes
http://rusos.blogspot.com/2006/07/marina-tsvietaieva.html
http://amediavoz.com/tsvetaieva.htm#A%20%20Ajmatova
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2372